CAPÍTULO X
RAÍZ PRIMERA DE LA INCAPACIDAD SOTERIOLÓGICA DEL HOMBRE
1.
IMPORTANCIA DEL TEMA A TRATAR
Vamos a insistir ahora en la segunda verdad, de rango menor, antropológico. Pero también sobre ella conviene tener ideas claras a fin de mejor comprender la otra verdad más alta: la clara proclamación de Cristo como salvador único de la humanidad.
2. LA IMPOTENCIA SOTERIOLÓGICA CREADA POR EL PECADO
Señalan muchos
que, uno de los grandes merecimientos adquiridos por la teología del PO, es el
haber servido de admonición para que el hombre 'occidental' modere sus
afanes prometeicos en el plano moral/espiritual y, por concomitancia e
indirectamente, en todo el campo de su actividad. Que reconozca la
imposibilidad en que se encuentra de autoliberarse de los poderes del mal,
nominalmente del mal que él ha creado en sí mismo y en su entorno: de la dura
esclavitud bajo El Pecado.
En el lenguaje
de la teología se dirá que la creencia en el PO ha servido para rechazar la
religión de las obras, de tipo farisaico o pelagiano; peligro constante de
todos los profesionales de la vida espiritual. Entiendo por
fariseísmo/pelagianismo no tanto como una 'herejía' concreta, surgida en un
tiempo y espacio cultural determinado, sino como propensión universal del
espíritu humano, empeñado en realizarse a sí mismo sin auxilio de la 'gracia',
de cualquier gracia. Especialmente, en el humanismo radical, si esta gracia se
presenta como venida del cielo.
Damos un primer
paso en la explicación de la incapacidad soteriológica del hombre comentando el
contenido del símbolo y prosopopeya de El Pecado, según lo propone Pablo
y, bajo otros símbolos, todo el NT. Tanto la necesidad del Salvador como la
correlativa incapacidad soteriológica del hombre, la señalan en el hecho, casi
experimental, de que la humanidad se encuentra bajo la esclavitud del tirano El
Pecado. Pero El Pecado y sus fuerzas de ocupación dispersas por el
universo se hacen fuertes y ejercen su dominación, desde tres puntos
estratégicos: a) desde el pecado de Adán, 'originante' de los demás
pecados que en el mundo han sido; b) desde el pecado original 'originado',
inherente, interiorizado y hecho como “propio de cada uno”, presentado como
efecto del pecado “adánico/originante” y fuente él mismo de los pecados
personales; c) desde los 'pecados personales' con los que cada individuo
se entrega voluntariamente al tirano El Pecado. Completando, mediante tales
actos y consolidando el señorío de El Pecado que se introdujo en la historia
humana por culpa de Adán.
Los tres momentos ponen de manifiesto un hecho único: que el dominio de El Pecado es esclavizador e irreversible. Por tanto, siguiendo el dinamismo del símbolo, diremos que la razón más perceptible, próxima y cuasi-experimental de la incapacidad del hombre para librarse de la esclavitud se encuentra en el propio hombre: en el hecho de haberse entregado voluntariamente a El Pecado. Él ha creado una situación en la cual se encuentra irremisiblemente perdido.
Podría pensarse
razonadamente que, puesto que el hombre entró libremente en el reino de El
Pecado, no le será imposible tomar la libre decisión de sacudir el yugo del
tirano y gozar de nuevo de libertad espiritual. No es así, en absoluto. En
efecto, si nos fijamos meramente en la vertiente antropológica del acto
pecador, en el aspecto meramente ético, comportamental o psicológico del acto,
parece no habría dificultad por principio, en admitir que, quien por debilidad
de su voluntad se hizo vicioso, podría, con energía de voluntad y riguroso
autodominio, tornarse hombre honrado, a nivel de la ética humana, civil.
Pero el pecar
humano tiene una 'vertiente/dimensión teologal': implica una ruptura de
la amistad con Dios, una repulsa de su amor, de la Alianza, como dice el AT. Y
aquí entramos en la zona literalmente 'misteriosa' del pecado: el misterio de
la gratuidad y libérrima decisión divina de perdonar (o no perdonar) al ofensor.
Es absolutamente imposible que el hombre sepa si Dios le ha perdonado y
restablecido la amistad, a menos que Dios se lo diga. Menos aún puede el hombre
disponer del favor perdonador de Dios. Porque entonces la gracia no sería
gracia, sino forzosidad y necesidad. Y Dios dejaría de ser Dios. Visto desde
este ángulo teológico, el pecado crea en el pecador una 'absoluta
incapacidad' para superar la situación de pecado y, en consecuencia, para
la salvación. Aunque se mantenga el principio de que, 'al que hace lo que
está de su parte, Dios no le niega la gracia'. No porque cualquier elevada
'honradez' humana le obligue a ser generoso, sino por fidelidad a Sí mismo, a
su sincera voluntad de salvar a todos los hombres, a quienes creó con la
intención de hacerlos co-partícipes de su vida divina.
Firme lo dicho,
hay que añadir que el señalar la incapacidad soteriológica del hombre en el
hecho de haber cometido un pecado, o incluso en el hecho de haber entrado en 'situación'
de pecado es una razón verdadera y suficiente a 'cierto nivel', y para
determinados efectos. Pero no es la 'raíz última', el motivo universal y
primero del carácter absoluto de tal impotencia. En efecto, para una
proclamación kerigmática, predicatoria, para el uso pastoral de la incapacidad
que afecta al oyente de la Palabra, basta decirle al pecador: eres esclavo
porque voluntariamente cediste a la tentación/seducción de El Pecado, eres
responsable de la situación de perdición en que te encuentras. En realidad, el
hombre pecador que es urgido a la conversión no necesita más “averiguaciones”
ni más “teologías” sobre el origen del estado de perdición en que se encuentra;
basta que acepte la intimación del profeta: 'Tú eres el hombre', 2 Sam
12,7. Y diga con el Sal 50,6: 'Contra ti, contra ti solo pequé, cometí la
maldad que aborreces'. Y grite con Pablo por la venida del Salvador, Rm 7.
Como es obvio, todos los textos de la Escritura que hablan de la incapacidad
del hombre para librarse del pecado se encuentran en este nivel de lenguaje
descriptivo, narrativo, exhortatorio, de conversión. Pero ello no impide, sino
que está incitando a que la reflexión teológica, crítica y radical que quiere
explicar los hechos 'por sus últimas causas', llegue a hablar de impotencia
soteriológica del hombre desde mayor hondura.
Efectivamente,
el pecar humano por muy frecuente y grave que se le encuentre, no pasa de ser
un evento histórico, contingente, que podría ocurrir o no ocurrir, pues es acto
libre. Y entonces sí, por hipótesis, el hombre/humanidad no pecase, tampoco se
encontraría en imposibilidad absoluta de conseguir la salvación. Y lo que es
correlativo y más preocupante: no tendría necesidad absoluta del Salvador.
A ese nivel de
razonamiento surgió la creencia de que, si Adán no hubiese pecado, no habría
entrado el Salvador en nuestra historia humana. Afirmación muy vieja, pero que
hoy se juzga del todo impertinente. Agustín repite, incansable, que si la raza
humana no hubiera contraído la enfermedad del PO -con el séquito de pecados
personales-, no tendría necesidad de médico, Cristo. Conclusión a todas luces
falsa, insostenible en buena teología católica. La impotencia soteriológica -la
necesidad de Salvador- no surge, en primera y última instancia, del obrar, del
comportamiento del hombre: radica en 'ser creatural', finito visto en su
referencia al Infinito, a cuya participación ha sido llamado gratuitamente.
Volvamos al punto de partida de toda afirmación teológica
sobre el hombre: la llamada que ha recibido para participar en la vida
íntima de Dios-Trinidad. Sólo aquí encuentra el hombre la “Salvación”. Pero es
obvio que esta “Salvación” es un bien (un objetivo, si vale la expresión)
absolutamente trascendente, infinitamente alejado de las posibilidades humanas:
sobrenatural, sobre-humano. Admitimos, con la mejor teología católica, que
existe en el hombre un deseo natural, ontológico de la visión y amor intuitivo
de Dios. Pero, aunque es un deseo natural, ontológico de la visión y amor
intuitivo, se trata de un deseo de 'recibir', que no implica en absoluto estar
dotado de 'posibilidad', energía interna capaz de llegar a la vida eterna. Ésta
es un don gratuito, total donación libre y generosa de Dios. Mirado en sí mismo
y no obstante su 'deseo de Dios', el espíritu humano se encuentra en
absoluta imposibilidad óntica y operativa, en absoluta indignidad e
inmerecimiento moral para conseguir la Salvación.
En otras palabras, mientras el ser humano no desborde su condición creatural, finita, se encuentra en absoluta impotencia de alcanzar la Salvación: la que la religión cristiana ofrece, absolutamente necesitado del Salvador. En consecuencia, independientemente y con anterioridad a que cada hombre llegue a encontrarse en situación de pecado y, aunque, por hipótesis, no llegase a tal situación, ya estaba en impotencia absoluta respecto a la Salvación. Por tanto y finalmente, no es preciso hablar de una universal condición pecadora en el hombre para explicar la 'necesidad que tiene de Salvador' y la imposibilidad de conseguir su gracia por sí mismo. 'No es lícito identificar impotencia soteriológica y necesidad del Salvador con situación universal de pecado'. Es una confusión de lamentables consecuencias en soteriología, en la caritología y en la teología del PO que nos ocupa. Porque toda situación de pecado crea, sin duda, impotencia soteriológica; pero esta impotencia soteriológica absoluta existe-ya allí donde no se ha incurrido todavía en pecado.
3. TEOLOGÍA DEL SOBRENATURAL “VERSUS” TEORÍA DEL PECADO ORIGINAL
Una de las
ausencias y limitaciones más notables en la antropología teológica, pero
también filosófica de san Agustín, es la carencia en ella de un concepto
elaborado tanto de 'naturaleza' como del 'sobrenatural' y de sus mutuas
implicaciones. No se trataría, en realidad, de un error del doctor de Hipona,
sino de una de esas inevitables limitaciones epocales que el desarrollo
doctrinal y cultual impone al teólogo viador, incluso a aquel que esté dotado
de excelsa inteligencia. Esta carencia ha tenido consecuencias negativas,
oscurecedoras en la caritología, soteriología, hamartiología de san Agustín.
Recordamos, por principio, las repercusiones que ha tenido en el tema del PO.
La teología 'católica',
a partir del siglo XIII y en continuado
progreso, ha elaborado los conceptos técnicos de 'naturaleza' del
'Sobrenatural'. Los grandes escolásticos como santo Tomás de Aquino y el beato
J. Duns Escoto hubieron de elaborar estos conceptos en diálogo con el amplio y
fecundo 'naturalismo' de raíz aristotélica. En el siglo XVI los teólogos católicos hubieron de enfrentarse al exacerbado
'sobrenaturalismo' de agustinos como Bayo y Jansenio. En el decurso del siglo XX el problema ha sido discutido con vivacidad
desde las categorías de inmanencia y trascendencia de la religión cristiana.
Ésta se presenta como absolutamente transcendente 'sobrenatural' en todos sus
momentos claves: revelación, encarnación, elevación del hombre, sacramentos. En
este momento voy a poner en juego los resultados mejor contrastados de la
teología del Sobrenatural, dejando los temas colaterales, más discutibles. Con
la intención de hacer comprensible la afirmación que encabeza este apartado: que
la teología católica del sobrenatural hace innecesaria, superficial la 'argumentación
teológica' que, desde Agustín y durante quince siglos, se ha propuesto para
fundamentar la teoría del PO. Sin contar las 'aporías' a las que, desde otros
puntos de vista, lleva a nuestro sistema católico de creencias y los
'perjuicios' que ocasiona en la vida práctica de los creyentes. Volveremos
sobre este punto.
Recuerdo aquí los datos más importantes y seguros que la
teología del Sobrenatural nos ofrece.
-Para una visión cristiana del hombre es seguro que no
existe más que un único fin supremo de su existencia: la visión y amor
intuitivo de Dios que implica compartir la vida íntima de la Trinidad. En este 'convivir
con Dios' encuentra el hombre la realización planificante y beatificante de
su ser; encuentra su “Salvación”, en sentido más denso y alto de la palabra.
Esta “Salvación” es la que tenemos presente en este momento.
-Por encontrar la visión de Dios la realización
beatificante de su ser, hay que decir que tal visión/amor intuitivo es lo más
hondamente 'natural' que al hombre puede acontecerle: es rigurosamente
“naturalismo”. Lo llamamos 'sobrenatural' porque es don absolutamente gratuito
de parte de Dios. Sobrenatural aquí se refiere al 'modo divino' de cumplirse el
deseo 'natural': es cumplido en forma que excede en absoluto el modo y
posibilidades humanas de obrar.
-Por este motivo, hay que decir que el hombre se
encuentra en absoluta imposibilidad de conseguir su Salvación a la cual, sin
embargo, está destinado por Dios, como fin único. Y, por ende, en absoluta
necesidad de la gracia del Salvador.
-Por eso se comprende que la primera función que la
gracia de Cristo ejerce sobre el hombre es promocionar y cumplir el deseo
“natural/ontológico”. Su gracia “trans-naturaliza” al hombre, lo dota de un
nuevo ser, lo hace nueva criatura según lenguaje de san Pablo. Desde el ser
'natural' lo eleva al ser 'sobrenatural': lo deifica/diviniza según fórmula de
los Padres griegos.
A través de
esta exposición se ve claro que el hombre no necesita llegar a encontrarse en
situación de pecado para que se encuentre ya con anterioridad en absoluta
incapacidad para conseguir la Salvación, y de hacer actos que positivamente
conduzcan a ella. Esta incapacidad se fundamenta en la sobreexcelencia infinita
del Ser divino y en la estructura metafísica del espíritu humano, finito. Está
allí la impotencia antes de que tenga disposición inmediata para obrar el bien
o el mal. Más aún, incluso aunque el hombre llegue a obrar el bien a nivel de
una ética meramente civil, 'natural', todavía se encontraría en impotencia para
conseguir la Salvación. Porque la Salvación de la que habla la teología es pura
donación gratuita de Dios, de libérrima disposición divina: 'absolutamente
sobre-humana'.
A mi juicio,
todos los defensores del PO, en su argumentación teológica a favor del mismo,
han sufrido una palmaria confusión argumentativa, a partir de san Agustín y
hasta el presente día. La falsa argumentación o prejuicio lógico ha sido éste: “identificar
impotencia soteriológica con 'situación pecadora' del hombre a salvar”. Veamos
el proceso argumentativo:
-Hay que
mantener, como dogma básico de nuestra fe, la necesidad universal y absoluta de
la gracia de Cristo: ¡no desvirtuar la eficacia de la Cruz de Cristo, era el
lema y verdad indiscutible.
-Esta necesidad
del Salvador presupone/exige que el hombre a salvar se encuentre en universal y
absoluta incapacidad para salvarse por sus propias energías.
-Pero no tenemos ningún motivo para hablar de la universal incapacidad para salvarse -para obrar el bien que conduce a la salvación-, si no admitimos que todo hombre, sin excepción, incluso el recién nacido, se encuentra en situación del pecado. Que es lo que implica la doctrina del PO.
Agustín, el
creador y máximo usuario de tal argumentación está marcado y, desde nuestra
perspectiva actual, limitado por el planteamiento que los pelagianos hacían de
todo el problema. Si Agustín no admitía el PO como creador de la situación
pecadora de la humanidad, caía en la tesis pelagiana de que la humanidad era
portadora de una naturaleza sana, dotada -por Dios, sin duda- de la posibilidad
= 'possibilitas' de hacer el bien, todo el bien. Ante un hombre tan bien
dotado y suficiente para la tarea de la salvación, la acción del Salvador
quedaba en algo subsidiario, marginal, tangencial.
A la luz de lo
dicho debe quedar clara la inconsistencia de la mentada argumentación. Pero
pienso que lograremos mayor firmeza para nuestra propuesta reflexionando sobre
un texto del propio Agustín: leyendo a Agustín desde Agustín = Agustinum ex
Agustino.
Exponiendo la
necesidad del Salvador, tal como la veían los católicos, pelagianos y maniqueos
-los interlocutores presentes en sus escritos- dice Agustín:
-Los católicos
dicen que la naturaleza humana, creada buena por el Dios creador bueno, pero
viciada por el pecado necesita del médico, Cristo.
-Los maniqueos
dicen que la naturaleza humana, no fue creada buena y luego corrompida por el
pecado, sino que desde la eternidad el príncipe de las tinieblas, mezclando dos
naturalezas preexistentes, una buena y otra mala, produjo al hombre.
-Los pelagianos y celestinianos dicen: la naturaleza humana fue creada buena por el buen Dios y en los niños recién nacidos se encuentra tan sana, que no necesita en esa edad de la medicina de Cristo.
Pero hay otra
cuarta opción. Los católicos, 'otros católicos' a finales del siglo XX
pueden decir:
“Dios creó buena, íntegra, inocente y sana a la
naturaleza humana y así la recibe cada hombre al entrar en la existencia. Y,
sin embargo, también en aquella edad necesita de la gracia del Salvador para
ser aceptable para la vida eterna. Y de hecho la recibe en aquel primer
instante de su vida”. Es la
opinión que nosotros venimos defendiendo. La diferencia respecto a las tres
propuestas por Agustín es clara y decisiva para el tema que nos ocupa: señalar
cuál es la raíz primera de la incapacidad soteriológica y de la correlativa
necesidad del Salvador.
Coincidimos con los pelagianos, con la tradición cristiana anterior e independiente de Agustín y con la ética natural más elemental al decir que el niño recibe la naturaleza humana sana, inocente, limpia de cualquier pecado. Es inmoral, erróneo, hablar de pecado allí donde no ha precedido un ejercicio libre de la voluntad personal. Pero nuestra diferencia es cualitativa cuando añadimos: y, sin embargo, entonces mismo, en esa situación está necesitado (y recibe) la influencia de la Cruz de Cristo, al modo por nosotros explicado.
Tenemos que discrepar del presupuesto agustiniano-pelagiano (de ambos, aunque por motivos distintos): hablar de una naturaleza sana, íntegra, incorrupta es suponerla dotada de posibilidad = 'possibilitas pelagiana' para obrar todo el bien moral y, por ello, se haría innecesario el Salvador y su gracia. O bien en esta otra formulación: es indispensable que el hombre se encuentre en situación de pecado para poder presentarlo como sujeto beneficiario de la gracia de Cristo. Presupuesto agustiniano-pelagiano que ninguno de ellos sometió a control de la razón crítica, la que mira el problema desde el contexto general o analogía de la fe. Vale decir, desde otras verdades dogmáticas de más alta seguridad y valía. Ni Agustín ni sus contrincantes pelagianos llegaron a proponer la cuarta alternativa, la que hoy puede y debe proponer la teología católica actual y actualizada. Sería anacrónico, extemporáneo buscar esa opción en el siglo V de nuestra era. El déficit, la carencia que aquí comparten Agustín y pelagianos es el no haber llegado a descubrir el concepto preciso de 'naturaleza' y del 'Sobrenatural'/gratuito, tanto en sí mismos y en sus mutuas relaciones. Es un avance que se ha logrado en la teología católica occidental desde la Edad Media en adelante. Y, por cierto, armonizando el robusto 'naturalismo' aristotélico-estoico (que subyace también en la mentalidad de Juan de Eclana) con el intenso 'sobrenaturalismo' visible en la teología agustiniana. Como consecuencia de disponer hoy de una 'teología del sobrenatural' suficientemente consensuada en lo esencial, debemos decirles a pelagianos y agustinianos: aunque el niño reciba el ser creatural/naturaleza íntegra, sana, inocente, incorrupta, sin pecado alguno, sin embargo, necesita en forma absoluta de la Gracia. Sin ella, aunque ciertamente no es pecador, con todo se encuentra en absoluta imposibilidad de ser grato y aceptable por Dios para la vida eterna, que es el fin único de su vida.
Un texto de
santo Tomás, en representación de los escolásticos, nos pone en la dirección
correcta para señalar 'el fundamento último de la necesidad de la gracia'
y de la correlativa incapacidad soteriológica del hombre que ahora nos ocupa:
después del pecado (del PO y otros) el hombre necesita de la gracia para más
cosas, pero no la necesita más. Porque, ya antes del pecado, necesitaba la
gracia para conseguir la vida eterna, que es 'la principal necesidad de la
gracia'. Si bien después del pecado, el hombre la necesita, además, para
perdón del pecado y fortalecer su congénita debilidad.
En un momento crucial de su sistema teológico se pregunta santo Tomás cuál es la razón primera de la necesidad de la revelación divina. La razón primera la encuentra en el hecho de que el hombre ha sido llamado a un fin sobrenatural. Por luz de su razón no es posible que tenga noticia y menos que pueda alcanzar este fin. Sólo lo puede conocer si Dios se lo manifiesta. Motivo adyacente, colateral de esta necesidad la encuentra en el hecho de la congénita, si no incapacidad, si, al menos, imposibilidad moral de lograr certezas en el campo de lo religioso. Pero santo Tomás ha superado la idea agustiniana de que la inteligencia humana y la filosofía que ella produce, esté “herida por el PO”.
Duns Escoto
plantea con notable amplitud y viveza polémica el problema de la necesidad de
la revelación sobrenatural para el hombre viador. Lo hace así frente al
humanismo filosófico de los averroístas, aristotélicos extremistas de su
tiempo. Pues bien, el motivo de por qué es
necesaria la revelación sobrenatural es porque el hombre está destinado a un
fin sobrenatural: la vida íntima con Dios. Y, aunque Escoto insiste
mucho en que existe un 'deseo natural ontológico' de ese fin sobrenatural, y en
que tal fin es objeto de deseo natural, pero no es objeto de adquisición para
las energías naturales del hombre; porque es un don voluntario, sobrenatural,
de disposición absolutamente gratuita por parte de Dios. Necesita que Dios le
revele el fin y le done la ayuda para conseguirlo.
En ambos máximos doctores nos encontramos con el hecho de que la necesidad de la gracia de la revelación no tiene una motivación hamartiológica: la situación de pecado del hombre (que desde luego es real), sino la desproporción óntica y operativa entre el ser finito y el ser Infinito. Y lo que vale de la gracia de la revelación vale por toda gracia: la gracia de los sacramentos, la gracia de la redención, la gracia de la deificación en cada hombre concreto. Que el pecar humano, de cualquier tipo, pueda intensificar la incapacidad soteriológica del hombre, es del todo obvio. Pero no la crea como agente primordial y previo indispensable.
De nuevo nos
permitimos hacer una alusión a María “Inmaculada”. En este misterio, María
se nos presenta como prototipo, arquetipo, ejemplo paradigmático de cómo
administra Dios su gracia en la actual economía de salvación. No es “un
caso/una excepción” de una imaginaria ley férrea = 'lex communiter
conceptorum', es el 'hecho concreto' que tiene el privilegio de
revelar el modo universal de comportarse la Gracia en relación al género
humano. Todos los hombres somos concorpóreos, consanguíneos y consustanciales
con la Madre del Señor y con el mismo Señor, Jesús de Nazaret. María recibe una
“naturaleza” sana, íntegra, inocente, incorrupta y, sin embargo, necesitada de
la acción salvadora de su Hijo. En frase lapidaria decía el beato J. Duns
Escoto: «nadie más necesitada que Ella de la
redención = maxime indiguit redemptione». Ella tuvo en Cristo el
máximo y perfectísimo Salvador; ella fue la perfectísima/eminentísima redimida.
Es obvio que María, por su condición de creatura finita, es óntica y
dinámicamente lábil, caediza. En el lenguaje de la teología diríamos que es
pecable, “pecadoriza”. Por todo ello, y aunque tenga una naturaleza sana,
incorrupta la decimos absolutamente impotente para conseguir su salvación por
sus energías naturales (per naturae vigorem, que decía el Arausicano),
absolutamente necesitada de Salvador. Obviamente antes de que la pongamos en
relación con cualquier tipo de pecado. Eso sería otra cuestión. Si sobreviniere
el pecado, él crearía un nuevo motivo de impotencia; pero la radical,
primordial ya la traía de antes: de su mera y neta condición creatural.
Hemos hecho
alusión al doble nivel en que puede y debe ser presentada la incapacidad del
hombre para salvarse: nivel de comunicación kerigmática, parenética pastoral,
la que es apropiada para una 'predicación de conversión'; y la
comunicación/propuesta de la misma idea a nivel de la teología
científica/especulativa. Podemos matizar y completar un poco esta propuesta
recurriendo al lenguaje de la Escritura a este respecto.
La Escritura en cada página, con palabras y hechos, proclama la necesidad de auxilio y Gracia de Dios para obtener la salvación, en el sentido más complexivo de la palabra. Con similar y correlativa frecuencia e intensidad proclama la incapacidad soteriológica del hombre. Como es obvio, la Escritura proclama, enuncia, describe, narra la impotencia humana, pero no la “explica” en el sentido y al nivel en que la ciencia teológica debe y puede hacerlo. Con todo, el lector atento observará que la Escritura proclama/pregona la 'impotencia soteriológica' de los humanos a este triple nivel:
-Proclamando la
universalidad fáctica del pecar humano. A cada individuo humano parece decirle
el mensaje de Natán: “¡Tú eres ese hombre. Porque no hay nadie que haga el
bien, no hay ni uno solo!, Rm 3,1-18.
-Pero la
corrupción moral que acosa a la humanidad no es una especie de andancio que va
y viene por temporadas: tiene raíces hondas en la condición humana. Tiene
cabida aquí la prédica de los profetas y enviados de Dios que hablan de la 'mala
inclinación'/propensión al mal; del corazón duro, de la carne mísera y
'concupiscente'. Ante la palabra de Dios, el hombre no sólo es pecador como
ocasional y temporero, sino que es de condición pecadora, un ser pecable,
“pecadorizo” por definición
-Pero la Palabra que increpa al pecador entra hasta lo más profundo del ser humano Hb 4,12. Le dice, en un lenguaje popular, descriptivo, lleno de figuras y símbolos, que el hombre en la última estructura de su ser, en su constitución metafísica/ontológica (valga la expresión) es fragilidad, vanidad, inconsistencia. Una “nulidad” en toda la línea del ser y del obrar [La teología del PO, tanto en su versión católica como en su versión protestante, 'sólo se supera con la teología del sobrenatural cultivada por la teología católica'. La Escritura desconoce la palabra 'sobrenatural', pero sí que habla de continuo del significado más hondo de la palabra: la gratuidad y libertad absoluta de Dios en la administración de sus dones. Y el correlativo inmerecimiento absoluto del hombre respecto al don de Dios]. Estos tres niveles de impotencia humana salvífica forman una sola magnitud, están interiormente conectados, traslapados el uno con el otro. A nivel más próximo y cuasi experimental, está el 'hecho' de la densa atmósfera de pecado que envuelve nuestra historia. A nivel más hondo y todavía universalmente accesible, está la inclinación congénita al mal. Por fin, y como raíz indispensable de todo, la condición creatural, finita del hombre a quien Dios sacó de la nada al ser: que es polvo y al polvo ha de tornar.
La “nulidad
salvífica” se apoya en la nulidad ontológica. Sobre todo si la ponemos en
relación con la grandiosidad de Dios tan subrayada en la Biblia. A la ciencia
teológica, en cuanto tarea específica, le interesa hablar de la impotencia
soteriológica humana a este nivel. El pastor de almas y, entre ellos, el
'predicador' del PO sólo hablan de la incapacidad humana al primero o segundo
nivel indicados. Y desde ahí buscan y proclaman la necesidad del Salvador. Tal
explicación, es decir, el recurso a la condición pecadora honda y universal es
indispensable y puede ser suficiente a nivel de predicción y cura de almas.
Pero la ciencia teológica, sin negar este motivo hamartiológico, ha de buscar
la raíz última de la impotencia humana a más hondo nivel: desde la distancia ontológica existente entre el ser
finito y el Infinito. No visto éste en abstracción filosófica, sino
dentro de la concretez con que lo ofrece la teología católica del sobrenatural:
Dios vida eterna, gratuita, “Sobrenatural” para el hombre. Y el hombre incapaz
de acceder a esa Vida. Si Dios no viene graciosamente en su ayuda.
Al terminar las
reflexiones de este capítulo, me parece consolidada nuestra opinión: para
explicar en toda su universalidad y hondura la necesidad de la gracia de Cristo
(y la correlativa incapacidad soteriológica del hombre) 'no es pertinente el
recurso a la doctrina del PO'. Y, en otra formulación: eliminada la
doctrina del PO, en nada desvirtuamos la fuerza salvadora de la Cruz de Cristo.
Más bien proyectamos mejor luz sobre la sobreabundancia de acción salvadora de
Cristo, cf. Rm 5,15-17. No queremos imponerle restricciones respecto al recién
venido al mundo ni a la 'humanidad infantil' en general.

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