CAPÍTULO VII
LA DOCTRINA DEL PECADO ORIGINAL ANTE LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA
Después de más
de cuarenta años de discusiones en torno al tema del PO me parece correcta e
importante esta constatación: los defensores del PO 'no' pueden
arroparse bajo el dosel sagrado de autoridades indiscutibles y, hasta cierto
punto divinales, de la Escritura y de la Tradición. La discusión hay que
proseguirla y dilucidarla a nivel de un 'modesto teolegúmeno', con
llaneza y sin encumbramiento. Ya hemos advertido de la desmesura intelectual y
volitiva que supone el solemnizar, canonizar, 'dogmatizar' la teoría del PO.
Los conservadores del PO y los negadores de esa creencia debemos discutir sobre
la legitimidad o no de una “conclusión teológica”: sobre si del dogma de la
Redención se deduce o no se deduce la existencia del PO en el recién nacido. O
más bien hay que pensar en una situación teologal de 'Gracia inicial' en virtud
de la Cruz de Cristo. Nos encontramos -los teólogos católicos al iniciarse el
siglo XXI- ante una de las muchas cuestiones disputadas de las que está
entretejida nuestra secular historia y nuestro quehacer como 'teólogos'.
Pasamos, pues,
a examinar 'los razonamientos teológicos' que los teólogos de nuestros
días proponen a favor de su teoría del PO. Razonamientos que, como saben los
conocedores de san Agustín, el doctor del PO desarrolló con insistencia,
firmeza y singladuras lógicas no superadas por sus hodiernos continuadores.
Son dos los
tipos básicos de argumentación aducidos:
-'argumentos
de base experimental/experiencial, fenomenológica': la afirmación del PO
sería indispensable para explicar el hecho de 'tanta miseria' como
abruma al género humano desde su entrada en el mundo, manifestada de múltiples
maneras. Sobre todo, para un teólogo como Agustín, en la 'dura necesidad de
pecar' que, piensa él, abruma la existencia del hombre histórico.
-'argumento de índole cristológica/soteriológica': el dogma basilar de nuestra fe 'Jesús Salvador Universal' sería vaciado de contenido si no se admite que todo hombre llega a este mundo en situación teologal de PO. Este argumento es el que tiene mejor calidad teológica y mayor relevancia para la vida religiosa de los creyentes. El argumento experiencial sólo se revalida en cuanto sea reconducido a este argumento cristológico-soteriológico.
1. UNIVERSAL REDENCIÓN DE CRISTO Y PECADO ORIGINAL
Hace más de
veinte años que empezamos a someter a crítica este argumento, ciudadela de los
defensores del PO. Por nuestra parte, el trabajo de crítica quedó realizado ya,
en lo sustancial. A mayores, el dogma de la universal y sobreabundante
redención de Cristo nos servirá de firme punto de partida para eliminar la
teoría del PO. Por este motivo, de momento enunciamos el contenido o tenor del
argumento y lo dejamos a la consideración del lector, hasta que nosotros
volvamos a examinarlo con la detención que merece.
La argumentación que comentamos se resume en estas
proposiciones:
1)Cristo es redentor universal de todos los hombres;
2)luego todos los hombres se encuentran en imposibilidad
de salvarse, sin la gracia de Cristo;
3)y ¿de qué necesitaría ser salvado el hombre, si no
tuviera pecado?;
4)luego todos los hombres, sin excepción, son pecadores;
5)no puede negarse que Cristo sea también salvador de los
niños recién nacidos;
6)luego los niños, al nacer, tienen pecado del cual
tienen necesidad de ser redimidos;
7)y ¿qué otro pecado puede tener un recién nacido, sino
el PO?;
8)luego todo niño tiene PO...
De lo contrario, Cristo no sería salvador 'universal'; también de los niños.
Desde san Agustín hasta el día de hoy, los defensores del PO acuden a esta argumentación. Por desgracia muchos no lo hacen de forma suficientemente crítica y personal. Pero su recurso al dogma de la redención implica esta argumentación. O bien otra de distinta formulación, pero idéntica en el fondo.
Dejamos, como digo, al lector, reflexionando sobre la validez de este sorites o argumentación en cadena (y encadenada). Por nuestra parte, desde idéntico punto de partida: 'la sobreabundancia de la redención de Cristo', llegamos a la afirmación de la Gracia inicial incompatible con la existencia de cualquier pecado en el momento primero de la vida de cada hombre.
2. DESDE LA MÍSERA EXISTENCIA HUMANA AL PECADO ORIGINAL
Este tipo de
argumentación, en sus varias formulaciones, hunde sus raíces en las
profundidades primeras de la psique humana individual y colectiva. Desde que el
'homo sapiens' comenzó a sentir y pensar sobre su situación en el cosmos y en
la historia, ya consideró su vivir como miserable, dolorido, desgraciado: 'el
malestar de la cultura' es una experiencia originaria y universal. Ante
tanta miseria la reacción compartida por mitos, filosofías, religiones ha sido
ésta:
-Al principio
no fue así: al principio existió el 'paraíso' original, evocado en multitud
abigarrada de representaciones. Pensemos en el mito de la 'edad de oro', tan
cultivado por la cultura greco-romana y por la nuestra.
-'In illo
tempore', en los prestigiosos y divinos orígenes de la tribu, de la raza
humana (sea en la esfera celeste o en la tierra) tuvo lugar un evento,
desgracia, infortunio, culpa/fallo voluntario o involuntario, un 'pecado' que
trajo la pérdida fatal de aquel estado primero que no conocía tanta miseria.
Por tanto, la miseria humana es resultado de una “caída/fatal” ocurrida en los
orígenes de las diversas tribus humanas.
Los mitos ancestrales proto-históricos de las más diversas culturas, las filosofías antiguas y religiones de tipo órfico-platónico; la religión judía y la cristiana han seguido similar esquema narrativo, argumentativo, cada uno según las exigencias de su concepto de dioses/Dios, del hombre y del puesto de éste en el cosmos. En todos ellos la historia comienza bien, pero inmediatamente se torna en historia maligna. Así, pues, dentro de este argumento experiencial tenemos dos versiones fundamentales:
a)Las
formulaciones parateológicas de los mitos y filosofías antiguas y modernas.
b)La formulación creyente/teológica iniciada, como se sabe, en el AT y continuada con vigor hasta hoy mismo.
Nos fijamos, como es normal, en el proceso reflexivo que ha llevado a los teólogos cristianos desde la experiencia de la gran miseria humana a buscar y, a su juicio, encontrar una explicación plausible, una etiológica en la 'hipótesis/tesis' del PO. Al menos para los cristianos, la miseria humana no tendría explicación razonable ni creíble, si no se admite el PO. Para los no-cristianos, el equivalente sería la 'caída' original de variada índole en cada cultura antigua. Para el hombre actual, de mentalidad evolucionista, tal recurso a los misteriosos y excelsos orígenes carece de sentido, ante la razón razonadora y crítica.
A) UNA RÁPIDA REFERENCIA HISTÓRICA SOBRE ESTA ARGUMENTACIÓN
Un antiguo
comentarista dice que el argumento más célebre de san Agustín a favor del PO es
el que toma como punto de partida las infinitas miserias de la vida humana.
Argumento que se encuentra no ya en cada libro, sino en cada una de sus
páginas. Dentro de la polémica antipelagiana ya conocemos palabras decisivas
del propio Agustín al respecto: “Apoyados en el testimonio de la Escritura y
de la miseria humana se demuestra la existencia del PO”. Texto que hay que
leer en este sentido, me parece: la miseria humana, sentida y reflexionada a la
luz de la Escritura, demuestra la existencia del PO. De hecho, Agustín quiere
ofrecer un argumento que, en nuestra terminología, llamamos de 'razón
teológica'. Por motivos polémicos y de éxito argumentativo Agustín se
siente victorioso recurriendo a la miseria de los niños: “Ya veis
(pelagianos) cómo vuestra herejía naufraga bajo las aguas de la miseria
infantil, la cual, bajo un Dios justo, no existiría si la naturaleza humana no
hubiese merecido al ser viciada y condenada por aquel enorme primer pecado”.
En la Edad
Media cultivaron este argumento especialmente los teólogos franciscanos, por
agustinianos y por ser más proclives al cultivo de una teología experiencial,
tanto hablando de la gracia como del pecado. San Buenaventura, franciscano y
máximo agustiniano de la época, expone con cierta detención y pertinencia este
argumento: se pregunta, '¿la miseria humana es condición de su naturaleza o
castigo del pecado?'
Los filósofos,
reflexionando sobre los constitutivos del ser humano, sobre las leyes de su
dinamismo propio, no tienen inconveniente en decir que la miseria humana es
connatural al hombre. Buenaventura piensa en los filósofos 'aristotélicos'
cultivadores de un robusto empirismo. Ya es sabido que el idealismo
platonizante también habla de una 'caída' ocurrida en la prehistoria
celeste de la raza humana. El teólogo Agustín expresamente rechaza la
existencia celeste, previa de las almas. Siguiendo a Gn 2-3 y a la tradición
anterior, coloca la caída en la historia primordial de la humanidad. Pero, además
de la índole penal de la miseria, el obispo de Hipona insiste en el carácter
'culpable' de tanta miseria. Lo primero ya lo decían sus predecesores. El
carácter 'culpable' de tal miseria es un descubrimiento de Agustín, que
ya comentamos. Aristóteles, por tanto, dirá que la miseria humana es
'normal-connatural'. Platón dirá que es castigo por el viejo pecado. Agustín
dirá que tal miseria implica una situación de pecado en el que la sufre, y un 'castigo'
divino por un similar “viejo pecado”, según frase agustiniana, heredada de
Platón. Nominalmente los niños: sufren un castigo, luego son culpables.
Participan no sólo de la pena, sino también de la culpa de Adán.
La teología contemporánea a inculturado el viejo argumento 'ex miseria humana' dentro del existencialismo antropológico, cuando ésta habla de desgarro existencial del hombre histórico. Tomemos como ejemplo la exposición de M. Flick – Z. Alszeghy. Su larga argumentación avanza por estos tres pasos: 1) el hombre dividido en sí mismo: el equivalente de la miseria de agustiniana y pascaliana memoria; 2) se busca la explicación de esta división radical y se encuentra en una acción pecadora del propio hombre; 3) este oscuro pecado se concreta en la figura del pecado originante de Adán. Es decir, que tal miseria es pecado porque proviene del pecado (original) e impulsa al pecado personal.
B) EL HECHO DE LA GRAN MISERIA HUMANA
Sobre el puro y
neto hecho empírico de tanta miseria no es preciso discursear: sería llevar
agua al mar. Agustín, viviendo en una época graves sufrimientos sociales e
individuales, es inagotable en describir las miserias múltiples del humano
existir. Lo específico de él y lo que aquí como teólogos, nos interesa, es el
hecho de haber señalado la miseria humana por excelencia en la 'dura
necesidad de pecar' = peccandi dura necessitas!' a la que está
sujeto el hombre histórico: su esclavitud bajo El Pecado de que habla Pablo en
Rm 6-7. Por otra parte, la ancestral inquietud metafísica de los maniqueos y
del primer Agustín por el problema del mal: 'unde malum' = ¿de dónde viene
al mal?, se transforma en esta otra más finamente humana y vivaz: 'unde
miseria'/¿De dónde le viene esta tan “gran miseria” al hombre? Agustín era
un gran pensador y un gran sentidor. Era, además, gran escritor que maneja bien
los mejores recursos dialécticos y literarios. Por eso centra la argumentación
en los niños y hace de la 'miseria infantil' -a nivel de razonamiento
teológico- 'argumento aquiles' a favor de su reciente, innovadora teoría
del PO.
En efecto, los
pelagianos podrían decirle que la miseria humana, incluida la dura necesidad de
pecar, proviene de los pecados personales de los hombres adultos, de la 'consuetudo
peccandi' = de la costumbre de pecar. Sabido es, desde antiguo, que la
costumbre era calificada como “segunda naturaleza”. Responde Agustín
recurriendo a la miseria de los niños. Éstos no tienen 'costumbres' malas. Pero
estás sujetos, como se ve, a los sufrimientos y a la muerte que amargan la
existencia de los adultos. Y también a la 'dura necesidad de pecar': la
magna miseria humana. Si bien en el niño existe sólo virtual/potencialmente.
¿De dónde, pues, la miseria de los niños, esta congénita, vivaz tendencia al
mal/pecado que se manifiesta ya germinalmente en ellos?
Agustín lo
tiene del todo claro en este punto: “Son miserables (los niños) porque son
reos. Ambos -Agustín y Julián- vemos su suplicio, di tú por qué lo han
merecido”. En esta argumentación de Agustín viene implicado y vigente el
ancestral 'mito de la pena': la correlación inexorable entre culpa-pena,
sufrimiento-pecado. La ley del talión, una de las bases de la justicia
administrada por el hombre primitivo, Y que, ingenuamente, era trasladada a la
forma en que los dioses ejercen la justicia.
Su conclusión se corrobora con un argumento estrictamente teológico. La justicia divina exige que no se castigue a nadie si no ha precedido una culpa. No impondría Dios el grave peso de tan gran miseria a los niños si éstos no fuesen culpables. Por fin, una razón también de teólogo, pero a nivel del concepto cristiano del hombre como imagen de Dios: la dignidad del hombre como imagen de Dios (= dignitas naturae conditae!) no tolera a su lado la afirmación de que Dios acumule tan gran miseria sobre los niños, si éstos no tuvieran pecado. Y ¿qué otro pecado puede tener el niño, pregunta y responde con énfasis retórico y triunfal Agustín, sino el PO? Por tanto la miseria de los niños demuestra la existencia del PO.
C) UNA REFLEXIÓN CRÍTICA SE IMPONE
Pero ¿es verdad que la existencia de la miseria humana
demuestra la existencia del PO, originante/originado?
-Si en el razonamiento se parte de una experiencia sobre
la miseria humana que sea realista, empírica, sin prejuicios idealistas, y se
reflexiona sobre ella a la luz de la mera razón, es decir, como pura
argumentación filosófica, racional no se demuestra el hecho de una caída
originaria de que hablan los mitólogos y los filósofos antiguos y, en su tanto,
algunos modernos. San Buenaventura, como he dicho, lo dijo con toda claridad.
-Agustín estaba absolutamente seguro del valor
demostrativo de su argumentación. Pero, es claro que no lograba el suficiente
distanciamiento crítico para darse cuenta: a) de que trabajaba con una
hipótesis de la primitiva felicidad paradisíaca del primer hombre; b) compartía
con los mitos y filosofías platonizantes de su época la existencia del “antiguo
pecado” que habría arruinado a la humanidad; c) compartía la mentalidad tribal,
primitiva, implicada en el 'mito de la pena' y en la ley del talión, a
cuyo impulso parece quiere que obre el mismo Dios. Quien, no sería 'justo', si
no fuese castigador de la conducta del hombre y vindicador de su honor divino
ofendido también por el niño, puesto que éste estaba incluido en su voluntad
pecadora e incluso en sus razones seminales (in lumbis Adam).
-A nivel más finamente teológico: la propuesta agustiniana que castiga a los niños/hombres con “tanta miseria” por motivo del PO (originante + originado) me parece del todo incompatible con la idea cristiana del hombre imagen de Dios. Tenemos que volver más adelante sobre este tema.
D) RECONDUCCIÓN SOTERIOLÓGICA/CRSITOLÓGICA DE LA ARGUMENTACIÓN
El ancestral, multisecular sentir y reflexionar sobre la miseria humana, a nivel del mito, de la filosofía, de la teología -sobre todo desde la profundidad que le concede san Agustín- pone en camino a increyentes y creyentes, para que tomen conciencia de la 'impotencia soteriológica' en que la humanidad se encuentra y de la 'necesidad de un salvador'. Pero, que tal miseria e impotencia provenga del PO 'no' se demuestra en modo alguno. La necesidad del Salvador tiene raíz más honda que el hecho histórico del pecado. Sería una solución demasiado simplista y rudimentaria. El propio Agustín tiene textos significativos que apuntan en esta dirección: nada importa que no sepamos de dónde venga la gran miseria humana. Lo que importa es que nos digan de dónde viene la Salvación. La pregunta por el origen del mal/miseria no es la más profunda. Lo decisivo es preguntarse por la Salvación: unde Salvatio. La pregunta sobre el origen del mal (unde malum) es subsidiaria, preliminar y concomitante, no radical. Lo hemos comentado y volveremos sobre el tema.
3. ¿POR QUÉ ENTRÓ EN CRISIS LA VIEJA CREENCIA EN EL PECADO ORIGINAL?
La multisecular
creencia en el PO se encuentra en una clara situación de crisis ¿de
crecimiento?, ¿de reformulación radical?, ¿de desaparición? No veo propuestas
aceptables de la primera y segunda opción. Cuando nosotros hemos optado por la
“Gracia inicial” en todo hombre que viene a este mundo, es obvio que la
creencia en el PO ha desaparecido de nuestro Credo. Sin llegar, de momento, tan
lejos, mantengamos el hecho evidente de la crisis en que ha entrado la doctrina
tradicional. Y nos preguntamos por los motivos de este acontecimiento.
La respuesta más lista y expeditiva sería: porque hoy mismo carece de “autoridades” y de “razones” en que apoyarse. Pero, ¿por qué las “autoridades” y “razones” que fueron tan contundentes, tan bien aceptadas durante quince siglos, han comenzado a ser criticadas y hasta invalidadas últimamente? Ofrecemos un breve elenco de tales motivos. Elenco y no más porque podemos remitirnos a estudios propios y ajenos a este respecto.
A)
VISIÓN
EVOLUTIVA DEL MUNDO Y PECADO ORIGINAL
“Puede
enunciarse como una ley general que, a toda gran renovación y a todo gran
descubrimiento fundamental en biología (en el campo de la ciencia experimental,
diríamos), sucede una revolución y renacimiento de la filosofía e incluso de la
teología”. Al menos en nuestro caso, es exacto decir que 'la revolución
evolucionista', ocurrida en el campo del saber empírico, estuvo acompañada,
fue provocadora (o tal vez provocada por) de una mentalidad evolucionista en
todo el campo del ser, del acontecer, del conocer humano. Cuando el
evolucionismo científico llegó a estudiar el origen de la especie 'homo' y el
problema entero de la antropogénesis, no pudo menos de toparse con la Iglesia y
con sus teólogos, inmersos en plena faena de restaurar antiguas glorias
medievales; refractarios a los problemas de la modernidad y del progreso: los
famosos 'neoescolásticos' de finales del XIX
y principios del XX.
Verdad es que
la ciencia evolutiva hablaba de los orígenes del hombre a nivel empírico y, por
ende, no debería criticar, en forma directa e inmediata, las afirmaciones que,
desde el pleno de lo trascendente y sobre el mismo tema, proponía la tradición
teológica. Pero, se estaba creando una mentalidad -incluso entre los teólogos-
que, a largo plazo, no pudo menos de dar al traste con toda la aventajada 'teología
de Adán': insostenible dentro de una visión evolutiva, procesual, dinámica
del devenir del cosmos, del hombre, de la historia. So pena de acudir a una 'imponente
milagrería' divina a favor del Hombre/Adán originario, de su “estado
paradisíaco” que, de no haberse malogrado, prolongaría la milagrería por los
siglos de los siglos.
En
consecuencia, podemos decir que, tanto la física como la metafísica que la
razón humana puede honradamente manejar, elevan dificultades inauditas contra
la clásica teoría del PO. Tales dificultades, además de nuevas, resultaban
insolubles con los esquemas teológicos usuales, elaborados por una mentalidad
fijista, estática, inmovilista, heredada de la escolástica y de sus antepasados
helénicos. Pero también el más elemental respeto a la “moral/ética” y a la
dignidad del hombre libre, resucitaban e intensificaban dificultades que Julián
de Eclana ya había sugerido a san Agustín y que éste solucionó malamente.
Parece que va contra la ética más elemental y que implica una falta de respeto
a la libertad humana, a la dignidad del hombre -cada hombre individual- creado
a imagen y semejanza de Dios (= dignitas naturae conditae!) el afirmar,
incluso con solemnidad y tenacidad, que todo ser humano, antes de tener
siquiera la posibilidad real de decidirse por el bien o por el mal, antes de
cualquier ejercicio consciente y personal de su libertad, ya se encuentra en
situación de PO.
La vieja objeción, no podía menos de intensificarse dentro de la cultura humanista, personalista, antropocéntrica del hombre moderno, en creciente desde la Ilustración.
B) DIFICULTADES CONTRA EL PECADO ORIGINAL DESDE OTROS
ÁNGULOS DEL SER HUMANO
Los
cultivadores de un saber nuevo: la historia de las creencias religiosas,
tuvieron oportunidad de señalar cómo numerosos mitos, nacidos en varios ciclos
culturales, hablaban de la caída/desventura, de la culpa originaria, del “viejo
pecado” ocurrido en la tribu primitiva. De tal funesto evento se habrían
originado todas las miserias que afligen a los humanos. El paralelismo de tales
mitos con las narraciones bíblicas -plenamente recibidas por la tradición
cristiana- era demasiado claro. Surgía, en consecuencia, la vehemente sospecha
de que las creencias cristianas sobre Adán/humanidad y su prístino estado
paradisíaco, sobre su estatuto teológico privilegiado, no eran verdades caídas
del cielo. Habrían brotado, más bien, del seno fecundo de la madre tierra; vale
decir, de las profundidades de la psique humana, individual y colectiva.
Creadora inagotable de mitos y filosofías que le ayuden a descifrar el
sinsentido del humano sufrir.
Este último
aspecto lo desarrollaron los cultivadores del psicoanálisis y de la psicología
profunda, S. Freud y C.G. Jung. Estos estudiosos hicieron de los mitos de los
orígenes -cristianos o no cristianos- tema favorito de sus investigaciones. Las
cuales contribuyeron notoriamente a desacralizar y 'desontologizar' la teoría
del PO. Los textos teológicos que, pretendidamente lo fundaban, fueron
despojados de su historicismo y literalismo craso. Se buscaba un contenido
simbólico de fondo que diese viabilidad y aceptabilidad a las figuras del
paraíso, de la caída originaria, del sentimiento de culpabilidad, de la eterna
pregunta por el origen de la miseria humana. Problemas que, en la medida escasa
en que tengan una respuesta, ésta ha de buscarse, como indicábamos antes, en
las profundidades de cada individuo y de cada comunidad humana histórica, y no
ir a mendigarla al comportamiento aciago de los lejanos ancestros de la tribu
humana originaria.
C) LA NUEVA HERMENÉUTICA DE LOS TEXTOS BÍBLICOS
Es sabido que las ciencias y los problemas concretos que en ellas se discuten avanzan a compás y en la medida en que se descubren nuevos 'métodos'/nuevos caminos para moverse hacia la realidad y para ordenar el material disponible. Las dificultades que los mencionados saberes humanos presentaban a la teoría del PO la acometían desde fuera, eran adversarios externos. Por su propia fuerza demostrativa no podían los sabios de este mundo invalidar la enseñanza de los teólogos sobre los orígenes de la humanidad, en la medida en que la teología plantea el problema del origen del mundo y del hombre desde el campo de lo metaempírico, transcendente, desde la palabra de Dios. Sin embargo, los teólogos (bíblicos y sistemáticos) se vieron forzados a releer sus textos informativos, con los ojos mejor iluminados. Y aunque refractarios y renuentes un poco más allá de lo razonable, no tuvieron, por fin, otra opción sino aceptar las reglas de la hermenéutica a la que todo texto humano está sujeto. En sustancia: la nueva hermenéutica exigía la aplicación del 'método histórico crítico' -'la hermenéutica de las culturas'- a los procesos de inculturación y desculturización de las ideas al estudio de los textos bíblicos, en analogía con lo que se hace con todo texto escrito por la mano de hombre. Nominalmente con los textos presuntamente fundadores de la teoría del PO, Gn 2-3 y Rm 5, 12-21; Rm 7, 12-23. Con pasos medidos, con esfuerzo e inteligencia se llegó a determinar lo que es contenido sustantivo y sustancioso de nuestra ortodoxia y de la ortopraxis de todos los siglos: la excelencia, sobreabundancia, universalidad de la acción salvadora de Cristo. Desglosándolo de los elementos caducos, de las adherencias culturales que le advinieron en su marcha por la historia. El resultado más inmediato, constatable ya por los años sesenta, era el abandono generalizado de la llamada 'teología de Adán'. Eliminado el originante, el PO 'originado' y a no podía razonablemente mantenerse. Se imponía la conclusión de que 'la enseñanza de la Iglesia Occidental sobre el PO no es doctrina bíblica'. Ya hemos explicado este aserto.
D) EL APORTE DE LA REFLEXIÓN TEOLÓGICA
Aceptada esta
conclusión de los exégetas bíblicos, se pone interés en aplicar la nueva
hermenéutica a los textos de la Tradición, a todos los niveles y en sus varias
manifestaciones. Nominalmente en su manifestación patrística y en ellos textos
del Magisterio. El proceso de relectura histórico-crítica no se ha concluido
todavía. En páginas anteriores hemos expuesto nuestra opinión al respecto. Si
se nos permite acudir a la práctica de los neoescolásticos de poner
calificación teológica a la enseñanza del PO, diríamos que se trata de una
“conclusión teológica”, un 'teologúmeno', una teoría arbitrada en orden
a 'explicar' este dogma nuclear de nuestra fe: la necesidad
absoluta y la sobreabundancia de la acción salvadora de Cristo. Todo lo
que pase de ahí será siempre discutible y discutido a lo largo de la historia
de la Iglesia.
Aunque con
cierta lentitud, la teología sistemática, en cuanto tarea de reflexión crítica,
radical sobre los enunciados de la fe, llegaba a la sospecha y, por parte de
muchos, a la convicción de que la “opinión común” (= communis opinio)
sobre el PO, resulta disonante dentro de la armonía/analogía/contexto de
verdades cristianas más básicas, más valiosas para nuestra ortodoxia y nuestra
ortopraxis. Nominalmente la teoría del PO aparece como incompatible con el
concepto 'católico' y vivencia cumplida de Dios-Amor, de Cristo Salvador
universal, del hombre objeto de la voluntad salvadora de Dios, verdadera y
sincera. Los críticos de la teoría del PO hacían su trabajo también desde otro
punto dialéctico: desde el conocido motivo 'ex pravis consectariis',
desde la desafortunada influencia que la teoría del PO ha tenido en la fe, en
las costumbres, en las propias creaciones culturales del cristianismo
occidental. También esta vertiente de la cuestión ha de tenerse en cuenta.
Desde la
perspectiva en que nosotros estudiamos ahora el problema del PO, me parece
ilustrativa esta constatación histórica: la razón teológica, manejada por el
gran creyente y polemista refinado Agustín de Hipona, elevó un grandioso
monumento a la doctrina del PO. Pero la razón teológica, manejada por el
teólogo católico que viva en la modernidad, sobre los mismos materiales
primeros que utilizaba la razón de Agustín, ejerce una tarea más científica,
más radicalmente crítica. Por eso, puede llegar a decir que el espacioso y alto
edificio de la teoría del PO, ha sido levantado sobre el terreno movedizo de
reflexiones humanas que, aunque las reconozcamos como ilustres, son sólo
relativamente seguras y fiables. Y son, en nuestro caso, perecederas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario