CAPÍTULO II
BUSQUEMOS UN ADECUADO
PUNTO DE PARTIDA
A tenor de lo indicado, cualquier afirmación sobre la
situación teologal del hombre al entrar en la existencia, por su propio eso
interno, por su contenido específico, no podrá aspirar a ser más que una
modesta afirmación secundaria, marginal, deducida, como 'conclusión' de
principios más altos y firmes de nuestra fe. Desde ellos hay que partir para
decir algo serio sobre la situación teologal de niños y adultos, sea de pecado,
sea de gracia. Nominalmente para seguir manteniendo la atrevida afirmación de
que alguien nace en pecado.
1. HAY QUE EMPEZAR DESDE CRISTO
Por mi parte, también en el problema que nos ocupa, creo
pertinente seguir el consejo/consigna que san Buenaventura da a todo
investigador teológico: 'Incipiendum est a Christo = hay que comenzar por
Cristo'. Que se vea claro que Él tiene el primado de todo, Col 1,18: en la
realidad objetiva de las cosas y en el pensar teológico. Incluso cuando éste se
decida a hablar del oscuro e inefable PO.
El misterio de Cristo debe ser el punto de partida, de
referencia sostenida en toda reflexión creyente sobre el misterio del hombre,
en cualquiera de sus vertientes de gracia o pecado, y en cualquiera de sus
momentos -de niñez o adultez- en que haya de ser contemplado. Recordamos aquí
las conocidas palabras del Vaticano II: 'el misterio del hombre sólo en el
misterio del Verbo encarnado puede ser plenamente esclarecido' (GS 22).
Por otra parte, después de tantas discusiones,
oscilaciones, explicaciones divergentes y encontradas sobre el PO, se ha
llegado a un 'consenso' en este punto: el problema del PO sólo desde el
misterio de 'Cristo Salvador' puede/debe ser propuesto y, en lo posible,
esclarecido. Conservadores de la teoría clásica, reformuladores de la misma,
negadores explícitos de dicha teoría, todos apoyan sus respectivas y
encontradas opciones sobre las exigencias que conlleva la mejor confesión y
vivencia de un dogma nuclear de nuestra fe: la necesidad radical, absoluta que
todo ser humano, en cualquier momento de su existencia, tiene del Salvador; si
ha de ser grato a Dios y obtener la vida eterna. Desde esta visión decidida y
expresamente 'cristocéntrica' se nos podrá desvelar la auténtica dimensión
teológica y antropológica del enojoso problema del PO. Terminado cualquier
largo platicar se trata de ver si, desde el misterio de 'Cristo Salvador',
es necesario y pertinente decir algo 'concreto' sobre la situación
teologal de cada hombre al llegar a la existencia, ¿situación de pecado?,
¿situación de gracia?, ¿o hay que desistir del empeño?
2. LLAMADA DEL HOMBRE A LA VIDA ETERNA EN CRISTO
Según frase de G. Marcel, en referencia al hombre, más y
antes de hablar de 'naturaleza' habría que hablar de 'vocación'. En perspectiva
teológica rigurosa ha de ser así: la 'naturaleza' del hombre -siempre
que sea preciso utilizar este concepto filosófico-teológico- viene determinada
por la 'vocación': por el destino último para el que Dios le ha creado.
La estructura ontológica del ser humano viene configurada según lo exige la
finalidad a la que el Artífice divino le destina: participación en la
vida íntima de la Trinidad. Por ser forma “beatificable” (= forma
beatificabilis), por eso Dios lo pone en la existencia como ser espiritual,
capaz de vida inmortal, capaz de Dios por conocimiento y el amor; capaz de oír
la llamada de Dios, de aceptarla o de rechazarla, creado a su imagen y
semejanza. Todo lo que el hombre es, lo que hace y lo que le acontece hay que
mirarlo, en última instancia, desde este alto punto de mira. Él es la clave
hermenéutica para leer los eventos todos, de gracia o de perdición, que el
hombre le ocurren en la 'actual y única economía que Cristo preside y
cualifica'.
Es oportuno recordar y utilizar aquí la doctrina que
juzgamos más adecuada y completa sobre el primado de Cristo en el designio
divino que preside la actual economía e historia de salvación. Es ella un
comentario teológico-expeculativo a los textos neotestamentarios sobre Cristo a
quien el Padre dio el primado en todo, Col 1, 18; Ef 1, 3-14.
Porque Dios es Amor
infinitamente liberal (= Ágape) quiere que Alguien distinto de Sí, Cristo, le
ame con el máximo amor posible. Quiere, después, que otros le amen al lado de
Cristo (= vult habere alios condiligentes):
quiere multitud de hombres para la corte celestial. Luego, quiere todo el mundo
de los seres para el bien del hombre, gloria de Cristo, de la Trinidad. Por
eso, en el orden de la ejecución, Dios llama al universo material, al hombre
del no-ser al ser en Cristo, cf. Gn 1-2. Llama/crea al pueblo de Israel; entra
en la historia el Hijo de Dios; es creada la Iglesia. Las diversas alternancias
de acontecimientos de gracia y de perdón, de pecado y de perdón ocurridos a la
comunidad humana y a cada hombre, hay que contemplarlos desde esta perspectiva
decididamente cristocéntrica. Advirtiendo que Cristo y su gracia son genética y
cualitativamente primero que el pecado y que la 'des-gracia'. Los cuales
advienen y sobrevienen con posterioridad -incluso cronológica/histórica- a la gracia inicial recibida en Cristo.
Si este enfoque cristocéntrico y “caritológico” lo
proseguimos en forma consecuente, hay que decir que la reflexión del teólogo
sobre la situación teologal del recién llegado a la existencia ha de ser
iniciarse, continuarse y concluirse desde la realidad y operatividad de Cristo 'Salvador'.
Este alto punto de mira es adoptado por san Pablo cuando quiere expresar su
conocimiento más profundo de los acontecimientos ocurrentes en la 'actual',
concreta, 'única' economía e historia de salvación. También el Vaticano
II acude a estos textos paulinos cuando quiere que nos fijemos en la
profundidad última de los diversos acontecimientos de la historia de salvación
( Ef 1, 3-23; Rom 8, 28-30; 1Cor 2,7; Col1, 15-19; LG 2-3; DV, 2; Ad Gentes,
2-5). Si en algún momento de ella fuere necesario llegar a hablar del PO en el
recién nacido, que se haga según la medida de Cristo. No, directamente, para
refutar herejes de signo maniqueo o pelagiano. O bien poner freno al orgullo
prometeico y autosuficiente de cualquiera humanismo moderno.
3. VOLUNTAD SALVÍFICA UNIVERSAL DE DIOS Y PECADO
ORIGINAL
Proseguimos y reforzamos la misma idea desde otra
perspectiva, ahora más directa y explícitamente 'teocéntrica'. El
recuerdo de este dogma nuclear de nuestro Cristianismo lo creo justificado
desde un doble punto de vista: histórico y sistemático. Este dogma constituye
el fundamento de nuestra argumentación 'sistemática' a favor de 'Gracia
inicial en todo hombre' al entrar en la existencia. 'Desde el punto de
vista histórico' convendrá recordar esto: una de las razones decisivas (no
la única) que llevó a san Agustín a recurrir a la teoría del PO, ya antes de la
controversia pelagiana, fue la idea angosta y restringida que tenía sobre la
voluntad salvífica de Dios, 'en la actual economías/historia de salvación'.
Para salvaguardar la alta idea que sobre la gratuidad absoluta de la Gracia él
tenía, creyó indispensable afirmar que, en esta 'actual' economía de
gracia en que el hombre histórico está inmerso, la elección divina para la vida
eterna se concede a muy pocos. De lo contrario, es decir, si la elección fuese
para la mayoría o para todos, ya no sería propiamente
elección-selección-predilección, sino una especie de destino connatural,
exigencia inseparable de todo hombre. Por otra parte, el cargante pesimismo de
la época y de la cultura en que le tocó vivir, las cotidianas experiencias
pastorales de una Cristiandad notablemente tibia, relajada pudieron enmarcar
este pesimismo del obispo de Hipona. En todo caso, surge la pregunta
-recurrente a lo largo de la tradición cristiana, ¿cómo salvaguardamos la
bondad y justicia del Creador ante el hecho de la salvación de 'muy pocos'?
Querían que la elección/predilección divina de 'unos pocos' no
apareciera arbitraria, hiriente aceptación de personas, divino favoritismo,
sino expresión de la omnímoda gratuidad y libertad de Dios en la concesión de
sus dones. Para ello les pareció imprescindible explicar esta drástica
restricción en el número de elegidos, dentro de este esquema:
El originario primer proyecto divino de comunicar su vida
divina al género humano no tenía límites, era absolutamente universal. El
proyecto que estaba en el corazón del Padre antes de la creación del mundo (Ef
1, 1-15) quedó historificado, tomó cuerpo en la persona del Adán paradisíaco,
cabeza física, moral, sobrenatural en quien toda su descendencia estaba
agraciada y puesta en camino abierto y seguro de salvación. Pero Adán pecó, fue
infiel a su misión: 'con, en y por' él
todos pecaron. La entera raza humana quedó convertida en masa de pecado, en
masa de perdición y condenación. Por tanto, lo que esta raza perdida y cada
individuo humano merece es la condenación eterna, por justísimo juicio de Dios
contra ese tropel de hombres corrompidos por 'el viejo pecado'. Sin embargo, de
esa “masa de perdidos” selecciona unos 'pocos' para la vida eterna.
Cuando los pocos son elegidos, pura gracia divina es; cuando los 'muchos'
son dejados en su condición de vasos de ira, es justo castigo de Dios por razón
del universal pecado que contrajeron en Adán.
«Con razón esta doctrina agustiniana se juzga hoy ruda e
inaceptable al pensar y al sentir cristiano. Sin embargo, estuvo en vigor -con
atenuaciones más bien irrelevantes- a lo largo de siglos en la Cristianada 'occidental'.
En el siglo XVI los protestantes llevaron
al paroxismo esta convicción, especialmente los calvinistas, con su propuesta
del horrible doble decreto correlativo de salvación o condenación. Impactaron
estas ideas a grupos católicos, como bayanos y jansenistas. En todos los casos
se reconoce este hecho: las restricciones impuestas a la voluntad salvífica de
Dios marchan en simbiosis, son correlativas a la dureza con que se cree en la
doctrina del PO. Siempre bajo idéntica perspectiva: la raza humana, globalmente
considerada, es una humanidad “caída-corrompida-perdida” por el PO, fuente
irrestañable de otros pecados. La figura del inevitable, asenderado 'hombre
caído' (= homo lapsus) de la antropología 'católica occidental', aparece
al lado del hombre “totalmente corrompido”, según propone la teología
protestante ortodoxa. Se cultiva una visión radical e intensamente
infralapsaria, hamartiocéntrica, “pecadorista” de la 'actual' historia
de salvación, con las consecuencias que iremos viendo en nuestra exposición y
que, por lo demás, son demasiado conocidas» (W. Simonis).
En el siglo XVI, la
Cristianada católica descubre el continente americano y los demás continentes
como un inmenso campo de evangelización. A ampliarse el horizonte ecuménico, la
eclosión misionera de los mejores “conquistadores”, provoca una ampliación
generosa, una intensificación del concepto de la voluntad salvífica de Dios. El
proceso culmina en la rica e ilimitada visión que de la voluntad salvífica ha
logrado la teología católica a finales del siglo XX.
Nuestra reflexión toma como punto de partida esta amplia y fecunda idea de la
voluntad salvadora de Dios y hacemos una aplicación concreta al al tema del
PO.. Precisamente, la teoría del PO tuvo un influjo nefasto a la hora de
limitar la universalidad real de la voluntad salvífica de Dios. Logró el PO
empañar y oscurecer, en forma notable y desagradable, este dogma nuclear de
nuestra fe. Vamos a hacer algunas reflexiones actuales sobre el mismo. Luego nos
preguntaremos si el 'dogma' de la voluntad salvífica de Dios tolera que
a su lado se siga diciendo que todo hombre nace en PO. Subrayamos un par de
rasgos de esta voluntad salvífica.
Recordamos en primer término, 'la universalidad
omnímoda' del designio salvador del Padre, Ef 1, 3-14 y par. No hay motivo
para imponer restricciones a esta afirmación de Pablo: 'Dios quiere que
todos los hombres se salven y vengan al conocimiento de la verdad' (1 Tim
2,4). Me parece que la teología antigua tergiversaba y restringía la
universalidad propuesta por san Pablo por querer salvaguardar su 'teoría del
PO'. Porque, explicaban, existió una primera, originaria, paradisíaca,
“adamocéntrica”, supralapsaria economía de gracia en la cual el designio
salvador del Padre abarcaba, sin limitaciones, a todo ser humano y era del todo
efectivo. Pero, el grandioso pecado de Adán provocó la liquidación del proyecto
primero y ocasionó la puesta en marcha de otra economía de gracia:
hamartiocéntrica, infralapsaria, restringida en su efectividad respecto a la
posibilidad real de salvarse los hombres. Nominalmente el recién llegado a la
existencia queda desatendido por la voluntad salvadora de Dios. Al menos en la
forma personal y próxima que veremos en seguida.
Todavía una matización sobre esta universalidad del
designio salvador del Padre. No hay que entenderla como referida principal -y
menos exclusivamente- al género humano como si fuese un inmenso colectivo, un
universal indiferenciado y abstracto que englobase a los seres humanos en forma
anónima, en masa, en tropel. Dios no conoce por ideas 'universales', como sería
la de humanidad; elige y ama a cada hombre en su individualidad concretísima,
en su singularidad personal. A cada uno de los suyos (que son todos los
hombres) lo llama por su nombre; cf. Apo 2,17; 3,5; Jn 10,3; Sal 146, 4. Lo
llama por su nombre del no-ser al ser, y del ser creatural al ser en Cristo.
Distributivamente, contados uno a uno cada hombre es beneficiario de la
voluntad salvadora de Dios y porque tiene 'en' Cristo un único destino
de salvación, por eso forma ante el Padre una sola familia, un solo pueblo. Es
pura fabulación mítica pensar en el Adán paradisíaco como centro unificador del
género humano, ni para la gracia ni para la desgracia. Se estaba glorificando a
un imaginario Adán, pero se oscurecía la gloria de Cristo, Mediador único de
toda gracia.
La teología católica actual enriquece su concepto de la
voluntad salvadora de Dios diciendo que es una 'voluntad seria, sincera,
creadora, operativa, eficiente'. Cualidades que no son fruto de omnipotente
infantil deseo de cariño paterno y celeste, sino que se funda sobre la firme
realidad histórica del amor de Cristo, que se entrega y resucita por todos.
4. VOLUNTAD SALVADORA DEL PADRE MANIFESTADA EN CRISTO
Las mencionadas cualidades que a la voluntad salvadora
atribuimos no se les tache de apriorismos. El sentir y el pensar cristianos los
han decidido al contacto intelectual y volitivo de los hechos que han tenido
lugar en nuestra historia terrenal. La decisión salvadora que estaba en el
corazón del Padre antes de la creación del mundo, se ha encarnado, ha tomado
cuerpo, se ha hecho tangible en Jesús, el Cristo. La encarnación, vida, muerte,
resurrección, glorificación de Jesús son la señal visible, el 'Sacramento'
que manifiesta aquel misterio escondido desde los siglos en Dios. Cuando el
Verbo asume a sí y hace suyo al individuo Jesús de Nazaret, eleva hasta sí y
asume, en cierto modo, a todo ser humano. Todos aquellos seres que sean
discernibles como consanguíneos, concorpóreos del Hombre Jesús de Nazaret,
quedan ungidos por la presencia e influencia vivificante del Verbo. El cual, al
llegar al mundo, ilumina a todo hombre, Jn 1,9; recibe un bautismo de sangre
por todos, Lc 12,50; se consagra al Padre por todos, Jn 17, 19-20; en él todos
son con-resucitados y co-asentados a la derecha del Padre, Ef 2, 5-6.
La teología contemporánea habla de esta universal,
originaria, radial influencia vivificadora de Cristo al proponerle a él como 'Sacramento
universal/radical de salvación'. Sin que sea permitido hablar de
limitaciones epocales, grupales, circunstanciales. Cristo es el Tiempo (=
kairós/oportunidad de salvación) de Dios para nosotros (K. Barth). Por eso,
todo el tiempo de nuestro vivir humano -individual y comunitario- es tiempo de
Dios y tiempo de Cristo para nosotros: desde el primero hasta el último latido
vital. Desde el inicio al final de la historia.
Mencionamos -y no es preciso hacer más- algunas cuestiones
colaterales en relación con el tema de la universal voluntad salvadora del
Padre manifestada en Cristo:
–
Como es voluntad, calificada de
sincera/operativa, se concreta en cada individuo humano, en cada momento de la
historia religiosa de cada hombre y de la humanidad, es incognoscible para
nosotros. La teología clásica habla, con razón, de los insondables caminos que
Dios sigue en la 'distribución de la gracia', cf. Rom 9.
–
La voluntad salvadora de Dios sincera/operativa
no implica el que, de hecho, todo hombre llegue a la vida eterna. La libertad
humana conserva la 'posibilidad' real de decir 'no' a la
invitación divina y autoexcluirse de la vida eterna. Pero es del todo
inadmisible para nuestra fe católica el que alguien, sin culpa personal, quede
excluido de la Vida ni en el tiempo ni en al eternidad.
–
La mediación y sacramentalidad de Cristo en la
realización de la voluntad salvadora del Padre se continúa en la Comunidad de
los creyentes, la Iglesia. Por desgracia los cultivadores seculares de la
teoría del PO malentendieron el axioma “fuera de Cristo/de su Iglesia no hay
salvación” precisamente bajo la nefasta influencia de la teoría del PO.
Desde estos altos y seguros principios dogmáticos surge la
pregunta que nos ocupa, ¿cómo se concreta la voluntad salvadora del Padre
respecto al hombre recién llegado a la existencia?, ¿cuál es su relación
personal con Cristo, Sacramento universal de salvación? En una palabra, ¿cuál
es la situación teologal del hombre al llegar a la existencia? Pregunta que, si
somos un poco críticos, ha de retrotraerse a otras ya anteriormente hechas:
¿merece la pena hacerse semejante pregunta?, ¿es posible encontrar una
respuesta satisfactoria?, ¿qué valor y qué consecuencias van inherentes a cada
una de las posibles respuestas?
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