CAPÍTULO XIII
LAS “PRESUNTAS” CONSECUENCIAS DEL PECADO ORIGINAL
El tema que vamos a tratar en este capítulo, está en relación interna y tiene interferencias inevitables con el tema que acabamos de estudiar: la omnipresencia del PO en nuestro sistema de creencias y en nuestras costumbres cristianas, desde hace más de quince siglos. Es tema, por una parte muy socorrido y, por otra, ampliamente superado en el catolicismo de nuestros días. O bien queda relegado al acervo de mitos y noticias folclóricas, inofensivas mientras no se las quiera sacar de su nivel e imponerlas como verdades de alto rango dogmático. Hablamos de consecuencias “presuntas”, porque -al menos para la teología del siglo XXI- no hay constancia que tales adversos hechos tengan conexión con el evento del PO.
1.EL PARAÍSO PERDIDO POR EL PECADO ORIGINAL
Siguiendo el
relato de Gn 2-3 puede decirse que la consecuencia global, el ‘castigo’
universal que Dios impuso a los desobedientes Adán/Eva sería la expulsión del
jardín del Edén. Desde ese momento cambia la situación histórico-salvífica de
los expulsados, pero también ‘la
circunstancia vital toda entera’ en la que va a desarrollarse la ulterior
historia de la estirpe adánica. Queda transformada a fondo su relación con
Dios, con los otros hombres, con el cosmos y sus elementos. Con el agravante de
que, se dice, Yhwh colocó a la entrada del jardín a unos querubines con espada
llameante, para que los expulsados no tengan la osadía de intentar el retorno a
la felicidad perdida. El planeta tierra, a consecuencia del PO, se ha tornado
un ‘hábitat’ inhóspito para la especie humana. Castigo añadido a las letales consecuencias
de orden espiritual.
Apenas será necesario decir que esta
añoranza y saudade del paraíso que los cristianos reavivan cada día, encuentra
paralelos y analogías fácilmente homologables con el ‘paraíso’ de otros
círculos culturales y de otras religiones, todo a lo ancho del planeta. Es tema
muy goloso para mitólogos e historiadores de las religiones y culturas, por los
cultivadores del psicoanálisis. Dentro de esta amplia corriente cultural, hay
que enmarcar la narración mítico-simbólica de Gn 2-3 sobre el jardín en el que
Yhwh habría colocada a la primera pareja humana. No necesitamos recordar por
enésima vez la abusiva historificación y ontologización de que fue objeto la
sencilla narración bíblica, hasta fecha reciente. Aunque el hecho viene de
lejos en el tiempo, pero han sido los cultivadores de la doctrina del PO los
que han mantenido tal historificación y ontologización como elemento sustancial
de la misma. “Ante el progreso moderno de
la exégesis, de la ciencia empírica, de la reflexión teológica, toda la
teología de Adán cae por tierra y con ella la teología del PO, al menos en su
presentación clásica y constante durante quince siglos”.
La Biblia tiene
una experiencia y visión lineal progresiva y ascendente del tiempo y del
acontecer cósmico e histórico. La visión evolutiva, dinámica, procesual a que
hemos aludido y en la que estamos instalados, es una secularización de aquella
idea bíblica. Por eso, hablar hoy a la gente de un “paraíso perdido”, de la
tierra convertida en lugar de “destierro” para los hijos de Adán resulta
inaceptable.
A menos que
expresamente se diga por el hablante que quiere utilizar el lenguaje del
símbolo y a sabiendas de que está narrando un mito con finalidad didáctica
religiosa específica.
En este plano y como un ligero y merecido descanso: ‘una requies animi’, reproducimos el texto de Miguel de Cervantes transido por la añoranza del paraíso perdido, de la “edad de oro” de la humanidad. Pérdida que, si quisiera sea en parte, sólo el ejercicio generoso y esforzado de la andante caballería podría reparar. Agradecido Don Quijote por la hospitalidad y buena comida que de los sencillos cabreros habría recibido, “tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:
«Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes; a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarla de las robustas encinas, que libremente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquier mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo… Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las piadosas entrañas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían… No había fraude, el engaño ni la malicia mezclándose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus propios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del desfavor y los del interés, que ahora tanto la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quien fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad, como tengo dicho, andaban por doquiera, solas y señoras, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento les menoscabasen».
El discurso de Don Quijote sobre la “edad de oro” y la narración genesíaca sobre el jardín del Edén pertenece a similar género literario del mito, del símbolo, de la figuración poética. En la Biblia se trata de una catequesis ordenada a la educación religiosa de la humanidad. La sencilla narración del Génesis, dentro de su sentido mítico-simbólico, tiene garantía de perennidad. En cambio, las pomposas, recompuestas y arbitrarias elucubraciones de los teólogos cristianos sobre el “estado de santidad y justicia original” del Adán paradisíaco, han caído por tierra, ante el empuje convergente del progreso de las ciencias humanas, la exégesis científico-crítica y de la reflexión teológica, liberada de seculares prejuicios metodológicos y de la rutina académica.
2.LAS MISERIAS DE LA VIDA Y LA CAÍDA ORIGINAL
Desde que el
“homo sapiens” ha ido tomando conciencia de su situación en el cosmos y en la
historia, ha ido acumulando una vivaz, dolorida experiencia de la “miseria” en
que vive inmerso. Miseria que siempre se ha calificado de excesiva,
desproporcionada al comportamiento del hombre, aunque lo llamemos malo, tanto
por la extensión y pluralidad de sus manifestaciones, como por la intensidad de
las mismas. Parece inevitable la impresión de que la ‘miseria’ está incrustada en el ser mismo del hombre como algo
congénito, insuperable, no meramente puntual, ocasional. En la medida en que la
experiencia se hacía más vivaz y honda surge el impulso a buscar el
origen/causa, razón de ser. Obviamente con la intención de lograr la
liberación. La interminable pregunta: ‘unde
malum’ = ‘de dónde el mal’, se subordina siempre a la pregunta más
decisiva: ‘de dónde vendrá la liberación’ = ‘unde
salvatio’.
En la historia
de la cultura humana: mitologías, religiones, filosofías, teologías encontramos
dos direcciones básicas a la hora de descifrar el enigma de ‘tanta miseria’
como aflige a la raza humana:
-Tal vez la
primera en el tiempo y en el prestigio logrado sea la ofrecida por ciertos
círculos culturales, con patente propensión y talante idealista que, a nivel
del mito, de la reflexión religioso-sapiencial, de la filosofía, de la
teología, consideran al ser humano como un ser caído, desde la región celeste e
incorruptible, en la zona de la tierra dominada por los procesos de generación
y corrupción. Otras veces, la inicial residencia beatífica y divinal se
localiza en la madre tierra, en el lugar y ‘hábitat’
paradisíaco, edénico.
En cualquier
caso, la situación de la actual humanidad está en doliente desarmonía con lo
que parece exigir la dignidad del hombre, emparentado con los dioses y seres
celestes. Situación estridente dentro de la armonía misma del universo. O bien
sería incompatible con la bondad del Dios creador del hombre, en lenguaje de un
creyente cristiano.
-Otros círculos
culturales, más realistas, más sobrios, con los pies, los ojos y la mente en el
suelo, reconocida la dura suerte que abruma al género humano, todavía la
califican de connatural, natural, normal dentro de su campo de ser y actuar. Se
piensa que, quien haya logrado una reflexión objetiva, serenada, inmune de
evasiones idealistas, atenta a las leyes inmanentes que rigen al ser humano
inmerso en el devenir cósmico, en el movimiento de la historia, nunca tendrá
motivos plausibles para una lectura de la existencia humana generalizadora y
englobante que la clasifique universalmente como ‘caída’ (recuérdese el prototipo del ‘hombre caído’, tan manoseado
por la teología cristiana) corrupta, viciada. El hombre, como todo su entorno
vital, es un ser en devenir. No un ser ‘acabado y redondeado’, sino una tarea
siempre sin-por cumplir. Lo lógico es que un ser tal, en marcha hacia la
realización siempre mayor, esté sujeto a limitaciones dolorosas impuestas por
su trato vital con las otras realidades que le permiten desarrollarse, pero
también le limitan dolorosamente.
La propuesta de
los Santos Padres, sobre todo de Agustín, de explicar la mísera condición
humana acudiendo al evento del PO, se mantuvo vigorosa en los años de la gran
Escolástica. Ya conocemos el testimonio de san Buenaventura. También está
presente en santo Tomás y en otros. Modernamente, no ha perdido vigor en
algunos círculos. No me demoro en el tema, porque será inevitable volver sobre
él más adelante.
Que los pecados de los hombres -nunca el pecado de un imaginado Adán- hayan traído innumerables males que ellos padecen, es seguro. Ya decía Homero que la ira fatal de Aquiles, “causa fue de innumerables males” para los aqueos. Pero, sentar la proposición universal de que los sufrimientos de la humanidad histórica tienen su origen en el PO, es exponer a la religión cristiana a la irrisión de nuestros contemporáneos. Quien más pierde en esta explicación del dolor humano es Dios, quien habría impuesto a los humanos tan inmenso, interminable castigo por el pecado de UNO: un rudimentario “homo sapiens” que, a mayores, nadie puede garantizar que haya existido. Irónicamente preguntaba Julián de Eclana a san Agustín si creía él que los dolores de las madres al dar a luz, o los pedregales y sequedales del norte de África eran también castigo divino por el PO.
3.LA VIDA MONÁSTICA COMO RETORNO AL PARAÍSO
Hoy podemos
considerar este tema como un agradable recuerdo histórico, no exento de poesía
y ensoñación lírica. Lo mencionamos aquí por su relación con la creencia
cristiana en el PO, con todos sus antecedentes y consiguientes. Esta hermosa
leyenda de los monjes que imaginaban su forma de vida como un retorno al
paraíso, era, sin duda, es símbolo de una lucha idealista contra el PO, contra
sus efectos en la historia humana. Con la vida de perfecta continencia (enkrateia), especialmente mediante la
perfecta virginidad, querían los “encratitas/continentes” negar y superar el PO
en su fuente principal, según mentalidad antigua: el ejercicio de la sexualidad
en cualquiera de sus manifestaciones. Con el voto de pobreza, se pretendía
secar el PO en otra de sus fuentes (o de sus consecuencias), según muchos mitos
de la edad de oro: ‘la avaricia’, el
afán de poseer, que habría introducido ‘el
tuyo y el mío’ en las relaciones humanas, como decía Don Quijote a los
cabreros.
Es conocido el
hecho de que, durante siglos, los más espirituales de los cristianos, los
monjes, sintieron un gran atractivo y añoranza por la figura y el estilo de
Adán en el paraíso. Adán era propuesto como el prototipo del varón
contemplativo, el perfecto monje-monajós;
ideal, como varón, como contemplativo y como solitario del ser humano acabado,
plenamente logrado. Estaba Adán todo él entregado a la contemplación de Dios y
alabanza de sus perfecciones. Ya sea en forma directa, vertical que diríamos,
ya en dirección horizontal, mediante la contemplación de la naturaleza. Toda
ella era un libro abierto y de nítidos caracteres en los que se podía leer la
bondad y grandeza de Dios.
En plena Edad Media, encontramos a san Buenaventura quien recoge este motivo hagiográfico y presenta a san Francisco como un hombre que ha retornado a la inocencia paradisíaca. Se manifiesta esto en su trato con los animales, en su vida de continuada contemplación de Dios por medio de la creación. ‘Las Florecillas’ que vivieron y escribieron los franciscanos de los ‘prestigiosos orígenes’, en la edad de oro de la Fraternidad Franciscana, también conservan rasgos de esta añoranza nostálgica de la vida edénica. Si bien limitada exclusivamente a sus contenidos espirituales, derivados de la profesión de la más estrecha pobreza.
4.LA VIDA PASIONAL DEL HOMBRE DESENFRENADA POR EL PECADO ORIGINAL
Abordamos bajo
este epígrafe la famosa e interminable cuestión de la ‘concupiscencia’. Prevaleció la idea de que la concupiscencia no se
identifica con el PO en sentido estricto. En san Agustín, la cuestión sigue
dudosa para los historiadores. Si no hay identificación total, formal, entre
ambas realidades, lo cierto es que la concupiscencia pertenece a la realidad
integral del PO, como parte constitutiva, como elemento material, según
terminología escolástica. A modo como el cuerpo no es la esencia del hombre,
pero sí que pertenece a él como parte esencial. En todo caso, la concupiscencia
acompaña al PO como el viajero a su sombra. Con el agravante de que anegado el
viajero, el PO, en las aguas bautismales, la sombra, la concupiscencia sigue
boyante en los bautizados. Con ello se presenta a Dios muy cicatero en su
perdón, ya que deja vivaz y sea fuente de pecados la líbido desenfrenada como
castigo por el PO. Así, pues, con respecto a la bondad de Dios. Habrá que decir
que, si la concupiscencia está vivaz en los bautizados, será por otros motivos
y no porque tenga nada que ver con un castigo divino infligido por el ‘viejo
pecado’.
El obispo
Julián de Eclana y el obispo Agustín mantuvieron una polémica larga y fatigosa
en torno a la concupiscencia. En conjunto, y salvo pormenores a uno y otro lado
de la discusión, la enseñanza de Julián en este tema concreto de la
concupiscencia/líbido es, a todas luces, más aceptable que la de su
contendiente Agustín. De todas formas, como su concepto de concupiscencia
Agustín lo incorporó a la teoría del PO, al triunfar ésta en la Iglesia
occidental, su teoría sobre la concupiscencia triunfó también, en forma
generalizada. En algunos sectores fue notablemente atenuada, como en la
dirección anselmiana-escotista. Se atenían al principio de que “lo natural
quedó íntegro”, de origen oriental. Por tanto, la concupiscencia no está
viciada, herida, corrompida por el PO. Lutero extremó la concepción agustiniana
y dio nueva hondura a la concupiscencia. Ésta no iría ligada exclusiva ni
principalmente a la sensualidad/sexualidad como tal, sino que estaría en el
núcleo existencial-sustancial del espíritu: en el corazón retorcido sobre sí
mismo = cor recurvum, en el egoísmo
radical, constituyente del hombre “natural”. Bayo y Jansenio volvieron a la
rígida concepción agustiniana. Sin duda, que en ello, podrían creerse
excelentes discípulos de san Agustín, aunque menos ortodoxos que sus oponentes.
San Agustín y
los que hablan de la concupiscencia/líbido con motivo del PO, usan a veces la
palabra “líbido” en sentido amplio, para significar cualquier movimiento de la
sensibilidad contra el dictado del espíritu. Pero, luego, se centran en la más
popular y llamativa de las acepciones: la rebelión de la sexualidad contra el
dominio del espíritu. En este sentido la usamos aquí, ya que corresponde mejor
al uso que actualmente hacen de la palabra líbido diversas ciencias del hombre.
Esta propuesta, la teología actual puede y
debe calificarla como falsa en cada una de sus partes.
-No tiene sentido hablar de una sexualidad
tal como ‘ahora’ la sentimos, en
contraposición/distinción de otra forma de sexualidad que la humanidad habría
tenido ‘entonces’, en la historia de
salvación puesta en marcha en el paraíso. Esta distinción es un recurso
polémico de Agustín frente a la idea optimista de los pelagianos sobre la
concupiscencia, a la que reconocían como un don de Dios, connaturalmente buena
e incorrupta. Agustín responde: de acuerdo, pero ¡eso era antes!... En el estado de santidad y justicia originaria.
Ahora, por justo castigo de Dios, la líbido está viciada, al modo dicho. En la
actual situación de la teología cristiana esta distinción carece de sentido. No
ha existido Adán ni el estado de santidad original, ni su vida pasional santa e
inmaculada. No conocemos más que una historia de salvación: ‘la actual, que es también la única’. Al
no existir la caída original, no hay motivo para distinguir una doble economía:
la paradisíaca que habría caducado, y la postlapsaria, la que se habría puesto
en marcha por la providencia de Dios tras el pecado de Adán. En este problema,
carece de sentido distinguir un “entonces” y de un “ahora” de la vida pasional
humana.
En consecuencia, es falsa al fórmula que
anduvo rodada durante siglos: “la
concupiscencia es hija del pecado y madre del pecado”. La líbido sexual que
ahora siente el común de los humanos no está congénitamente viciada/corrupta:
es normal, connaturalmente sana, íntegra, inocente, si vale la aplicación de
este calificativo moral. Las anormalidades y vicios de la sexualidad humana ocurren
cada día. Pero se debe hablar de ellas cuando lo señale la ciencia médica o la
psicología. No cuando lo determine a priori, bajo influjo de prejuicios
dogmáticos y dogmatizantes, la pericia de los teólogos, discutible en este
punto. Los discursos de ellos sí que han estado viciados por prejuicios
atávicos, ancestrales en esta materia. Siempre bajo la influencia del PO y para
mantener su presencia y actividad en la historia humana.
«Todo
ser humano disfruta de una vida pasional, de una sexualidad normal,
connaturalmente buena, no viciada; don positivo y benéfico del Creador. Si la
experiencia detecta desenfrenos, exigencias exorbitantes, invencibles de la
líbido, ello puede ocurrir a veces, por efecto del pecado. Pero del pecado
personal de cada individuo. Las anormalidades o vicios de la líbido serán
siempre coyunturales, advenientes. Y si la ciencia habla de depravaciones
congénitas de la vida pasional humana, ellas deberán ser calificadas según los
informes de la ciencia. No recurrir a la arbitraria explicación de los que
atribuyen estas deficiencias al arqueológico pecado del patriarca primero de la
tribu humana».
También es
falso afirmar que la líbido que ahora sienten los hombres es ‘madre del pecado’, es decir, que
inclina connaturalmente al pecado personal. Eso es dar un calificativo
moral/moralizante a los hechos e inclinaciones físicos. La sexualidad inclina,
de suyo, a lo que es bueno para su desarrollo, busca su propio bien. Búsqueda
que, como tal, nunca ofende a la moral. El mal moral/pecado está única y
exclusivamente en la voluntad. Ella “se deja llevar” por los impulsos
instintivos, en vez de ordenarlos hacia bienes superiores, dentro del propio
campo de la actividad humana integral. Que si la pasión se presentase como
literalmente indomable para una voluntad sincera, entonces ya hace siglos que
los moralistas dijeron lo correcto en el caso: se tratará de acciones forzadas
que sólo materialmente son pecado. No en sentido propio y formal, porque no hay
voluntad libre.
«Los moralistas actuales hablan sobre la líbido/sexualidad, de la vida pasional en general (sobre la vieja ‘concupiscencia’) con mucha mejor información y criterios valorativos que los utilizados por los seguidores de la doctrina del PO durante siglos. Sea lo que fuere lo que sobre la sexualidad hayan de decir, nunca se les ocurre afirmar que este sector de la vida humana esté afectado radicalmente por el lejano pecado de Adán. Los humanos no nacemos con una sexualidad congénita y universalmente viciada por el pecado del padre de la tribu humana. La vida pasional actual que disfrutamos y padecemos ni es hija del pecado ni es madre del pecado. La madre del pecado está en la voluntad libre de cada hombre, en la profundidad de su propio corazón, como dijo Jesús en el Evangelio, Mt 13, 18-19».
5.LA SEXUALIDAD, EL MATRIMONIO, LA CONTINENCIA, LA IMAGEN DE LA MUJER EN EL HOMBRE “CAÍDO”
Sobre la sexualidad/líbido del hombre en su situación actual acabamos de hablar. Pero los teólogos cristianos, al menos en la edad patrística y escolástica, creían tener datos importantes sobre la sexualidad/líbido de Adán/hombre paradisíaco. Desde luego, todo este discurso nos parece hoy asimilable a un relato de ‘teología de ficción’. La mitología, la figuración literaria y, tras ellas, la psicología pueden ocuparse de la figura del jardín del Edén. La teología científica debe abstenerse de entrar en este jardín, si no quiere poner en peligro su prestigio y su profesionalidad científica. De todas formas, por exigencias de la historia, y para mostrar una vez más la omnipresencia de la teoría del PO en la teología cristiana, hacemos una breve referencia al tema.
A)LA SEXUALIDAD PARADISÍACA
Puesta en
circulación la distinción entre la líbido que ‘ahora’ tienen los humanos y la que ‘entonces’ tuvieron, era obligado decir algo sobre la sexualidad en
el estado paradisíaco. No podía dejarse este vacío informativo. La naturaleza
aborrece el vacío. Y la curiosidad y la imaginación, que tan fecundas son
cuando hablan en temas referentes a la sexualidad, hicieron el trabajo
restante.
Las fuentes de
información para hablar del tema, la explícitamente reconocida como tal por los
autores católicos es, sin duda, la Biblia. En forma privilegiada la narración
de Gn 2-3. Fuente en extremo sobria e insuficiente, si miramos el caudal de
noticias que ellos extrajeron de su lectura. Pero, como es usual e inevitable,
desde el subconsciente individual y colectivo operaban otros presupuestos,
pre-juicios, críticamente incontrolados. Sobre todo en aquella época en que la
crítica de conocimiento no había surgido en nuestra cultura. Al menos no en el
sentido en que surge y crece a lo largo de la modernidad. En los primeros
siglos, hubo grupos de cristianos que, según testimonios, excluían de la pareja
paradisíaca cualquier actividad sexual. Tal era la opinión de los ‘encratitas’, grupo muy activo e
influyente. Gregorio de Nisa, gran teólogo de inteligencia preclara († 394) a impulsos de su
idealismo platónico y de su misticismo cristiano, no admitía la actividad
sexual en los habitantes del paraíso. La propagación del género humano habría
de hacerse por otros procesos donde la sexualidad no tuviera parte. No indica cuáles,
el buen santo. La división de sexo que aparece en Gn 2-3, aunque realizada por
Dios, la tiene él por un inicio del proceso de la caída. Semejantes ideas
sostiene otro preclaro teólogo de los comienzos de la Edad Media, Juan Escoto
Eriúgena, muy influido por el Niseno. La verdad es que estos doctores no
presentan estas afirmaciones como ‘palabra de Dios’. Las ofrecían sólo como
reflexiones personales, tomando como pretexto ciertas frases de Gn 2-3. En
realidad, se trataba de un ejercicio de aculturación de viejos mitos
ancestrales que hablaban de la indiferenciación sexual de los originarios seres
humanos. Hasta el sublime Platón imaginaba al Hombre = Anthropos primero como un ser andrógino, llevando en su persona la
perfección plena -lo masculino y lo femenino- del ser humano. La división de
sexos la realizó Zeus en un momento posterior. Así explica el filósofo la
mutua, fuerte atracción y ‘eros’ que ambos sexos sienten el uno respecto del
otro. Busca cada uno la media naranja, como sigue diciendo la mitología
popular.
Los teólogos cristianos condescendían con estas figuraciones mitológicas, no carentes de belleza artística en su presentación. Proyectaban estas figuraciones sobre el Adán del Génesis para presentarlo como el varón/ser humano cumplido en toda perfección humana. En un primer momento, en el que estaba solo (solitario = monajós/monje), Adán era modelo de la perfecta contemplación de la cual no le distraía ni siquiera el trato con la mujer que más tarde Dios le sacó del costado. La división de los sexos, aunque realizada por Dios, por la fuerza inmanente de los hechos, de la realidad objetiva, no pudo menos de significar un plano inclinado hacia la actual lamentable situación del hombre caído, en todo lo que a la sexualidad se refiere. Muchos pensaban que el pecado primero, la caída de Adán-Eva estuvo en conexión con el uso indebido de la sexualidad. Por ejemplo, nuestra madre Eva ante el ejercicio de la maternidad que observaba en los animales, habría sentido surgir en sí misma viscerales impulsos hacia la maternidad. Ella habría seducido a su esposo para mantener ‘relaciones matrimoniales prematuras, antes del tiempo establecido por Dios’. Por ello, se la hacía responsable principal de la caída. Mientras Adán vacaba en la oración, ella se apartó de él.
Al verla lejos
del varón, y sin su protección, la serpiente habría aprovechado la oportunidad
para seducirla, incluso sexualmente. Eva habría impulsado a su hombre hacia el
uso de la sexualidad prematura y, con ello, hacia la caída. Tal creencia se
encuentra claramente expresada en Ireneo de Lyon y en Clemente de Alejandría.
[En la actualidad diríamos que el PO fue fruto de las ‘relaciones prematrimoniales’ de Adán y Eva; y la ‘protección’ de
varón ya se demostró hasta dónde llegaba, pues en cuanto Eva le puso el fruto
en la boca al otro le faltó tiempo para morder: es este tipo de teología el que
hace que en casi todas las reglas se condene la risa entre los religiosos. A lo
que parece, de los dos relatos de la creación, cada teólogo se queda con lo que
más le gusta.]
Pasadas estas
divagaciones imaginativas de ciertos escritores cristianos primitivos, bajo la
dirección del propio Agustín y no obstante sus firmes convicciones sobre el PO,
se llegó a posturas más equilibradas en referencia a la vida sexual en general
y sobre la procreación en particular. Agustín veía normal y querida por Dios la
función generadora, siempre bajo el dominio hegemónico del espíritu. En
perfecta serenidad y desapasionamiento = ‘apatheia’,
como ya proponía el humanismo estoico. Los escolásticos medievales,
perfeccionado ideas agustinianas, no veían dificultad en que la actividad
sexual de los esposos paradisíacos fuese gozosa y placentera. Mientras
aconteciese bajo el control perfecto, plácido, luminoso del espíritu. Algunos
pensaban que el hombre del paraíso, como disponía de un organismo más perfecto,
también habría experimentado un goce sexual más cumplido. Siempre sin los
excesos y ardores pasionales, sin las servidumbres a las que está sujeto el
hombre caído. Al cual, el uso intenso de la sexualidad “le hace perder
totalmente el uso de la razón”. La ‘vergüenza’
acompaña inseparable el ejercicio de la sexualidad, incluso en los más honestos
esposos. Es señal clara, interpretaban, de que algo anormal, desordenado está
ocurriendo allí.
Dentro de este
ordenadísimo ejercicio de la sexualidad matrimonial no nacerían más niños de
los razonablemente queridos y ‘planificados’, como diríamos hoy. Porque Dios
quería y mandaba que la especie humana se propagase, hasta llenar el número de
los por él predestinados a la gloria. Y, según algunos imaginativos teólogos,
hasta llenar los puestos dejados vacíos en el cielo por la rebeldía de Luzbel.
El actual exceso de nacimientos que abruma a las familias, se debería a la
inmoderación y falta de dominio sobre una líbido desenfrenada por efecto del
PO. Sólo nacerían los elegidos por Dios para la gloria. Ahora nacen muchos más.
También réprobos: la inmensa mayoría de los humanos, según opinión antigua. La
existencia del infierno sería el efecto más fatídico producido por el PO
(originante y originado) en la historia humana.
«Los moralistas católicos actuales escasamente reconocerán a hombres de su profesión en estos sofisticados e imaginativos razonamientos sobre la sexualidad y el matrimonio. Incluso los que por diversos motivos, siguen creyendo en el ‘dogma’ del PO. Hemos hecho esta divagación histórica como una muestra más de cómo la ‘mancha’ del PO ha llegado hasta los más lejanos confines de la moral y de la religiosidad cristiana durante siglos. Los que todavía mantienen esta creencia como algo precioso, tomen conciencia de las oscuras huellas que ella ha dejado a su paso por los siglos: ‘Vestigia terrent!’, como dice la fábula».
B(LA SEXUALIDAD MATRIMONIAL
Dado que la tendencia y apetencia sexual entre varón y mujer son fuerzas de primera importancia dentro del fenómeno global del matrimonio, era de esperar que éste fuese afectado por las ideas que, sobre la sexualidad en general, mantenían los defensores del PO. Según se ha leído tradicionalmente, Gn 2-3, Dios habría establecido el matrimonio entre Adán y Eva para mutua ayuda. Nominalmente en orden a la propagación de la especie humana. En aquel estado, la sexualidad matrimonial sería ejercida con absoluta y feliz hegemonía del espíritu sobre el cuerpo. Tras la caída, aquel dominio señorial y luminoso se perdió. En adelante, el ejercicio de la sexualidad, incluida la ejercida dentro del matrimonio, surge desenfrenada, viciosa, corrupta, como fruto de una natura corrupta y castigada por Dios. El matrimonio del hombre ‘caído’ adquiere una finalidad antes desconocida: ser remedio contra la corrupta concupiscencia. Tolerado siempre y hasta alabado y recomendado para fines superiores: multiplicar los miembros del pueblo de Dios en el AT, llenar el número de los predestinados. Si bien el ejercicio no regido por la razón y la piedad daría origen a la multitud enorme de seres humanos que irían a la perdición, como masa de pecado.
Dentro de esta
mentalidad ambiental, es comprensible que numerosos cristianos o paracristianos
llevasen el pensamiento sexual hasta prohibir o, al menos censurar, cualquier
ejercicio de la sexualidad ordenada a propagar la desgraciada raza humana.
Tales, los movimientos encratitas, maniqueos, gnósticos, cátaros. Propagar el
género humano sería una actividad malvada, ya que mediante el matrimonio se
propaga la corrupción y la ruina eterna de tantos seres humanos. Si bien varias
de estas sectas, como cuenta san Agustín, en sus reuniones secretas, daban
suelta a los excesos sexuales más abominables, evitando rigurosamente la
procreación. No deja de ser una proeza teológica el que Agustín, y con él la
Comunidad católica, lograsen un camino menos tortuoso, sin perder sus
convicciones básicas sobre el PO y sus consecuencias.
Los moralistas católicos, desde hace decenios, han aligerado a la teología y a la pastoral matrimonial de estas seculares hipotecas. Pero no conviene olvidar del todo con qué sospechosas compañías ha hecho su camino por la historia la teoría del PO.
C)LA VIRGINIDAD, LA CONTINENCIA = ENKRATEIA Y EL PECADO ORIGINAL
Cierto es que
los cristianos de los primeros siglos proclamaban la excelencia de la
continencia (enkrateia) y de la
virginidad por motivos varios y elevados: motivo cristológico, seguimiento de
Cristo; motivo eclesiológico, servicio a la Comunidad; motivo escatológico,
anticipo de la vida angélica. Pero también se aducía una frecuente y fuerte
motivación protológica: restaurar la condición de vida perdida por el pecado de
Adán. Hemos hecho mención del Adán paradisíaco, presentado como varón perfecto
(ser humano integral), contemplativo solitario (monajós-monje). Y dado que el monje es el ideal del cristiano
acabado/perfecto, es normal que la vida cristiana, en general, se ofreciese
como un ‘retorno al paraíso’, como ya
mencionamos. Al menos por lo que a los contenidos espirituales se refiere. La
práctica de la continencia/virginidad perfecta era un intento heroico y utópico
de anular los efectos del PO. Se atacaba al mal en lo que se creía había sido
su raíz: en el ejercicio indebido de la sexualidad. No es el momento de
analizar estas opiniones. Pensaban tener el apoyo de ciertas palabras de Jesús
en Mt 22,30, o en Pablo en 1Cor 7, 1-11. En realidad, desde el subconsciente
colectivo operaba la opinión de ciertos “metafísicos” helénicos que miraban con
recelo la actividad generativa. En parte, porque se realiza inevitablemente
bajo el dominio de la pasión y no del espíritu (estoicos). Y porque, por la
generación entra el noble espíritu humano en un proceso de nacimientos y de
corrupción que impide su pleno desarrollo, le priva de la inmortalidad.
Sobre la relación entre el matrimonio y la virginidad en el hombre paradisíaco y en el hombre caído, se encontrarán textos curiosos en los estudios citados. Entre ello es significativo un texto de san Buenaventura y otros teólogos de la época. Él, como religioso, magnificaba las excelencias de la virginidad. Ésta es más excelente que el matrimonio en el hombre ‘caído’ y sólo en él, no en el estado original. Porque el hombre caído se decide a elegir la continencia en lugar del matrimonio con la finalidad de dominar la desenfrenada, viciada concupiscencia sexual. Desenfreno que no hubiera tenido lugar en el estado de integridad paradisíaca. En él instituyó Dios el matrimonio como sacramento, el único en aquel estado. Significaba y realizaba la unión y el amor de caridad entre el varón y la mujer. Pero, sobre todo, significaba el amor esponsal entre Dios y el alma. Y ello de modo más expresivo que el estado de virginidad que pueda abrazar el hombre caído. Porque sobre el significado antropológico indicado, tendría un contenido “teológico” más directo y explícito.
D)LA DESVALORIZACIÓN DE LA MUJER DESDE LA CREENCIA EN EL PECADO ORIGINAL
Lo primero que ocurre decir bajo este epígrafe es que la desvalorización, marginación y hasta la positiva opresión de la mujer es un fenómeno histórico de proporciones universales. La sociedad actual lo ha estudiado con viveza y amplitud antes desconocidos. Dejamos sin tocar otras vertientes del problema. Nos ceñimos a mencionar aquello que a un teólogo le puede interesar más y aún molestar profesionalmente: descubrir los motivos de índole religiosa (pseudorreligiosa) aducidos, durante siglos, por la Comunidad cristiana para ‘colaborar’ en esa universal, lamentable empresa. Concretando más, tenemos que ceñirnos a indicar algún dato sobre el influjo que la creencia en el PO ha tenido en aquella marginación secular. Parece claro que a los clásicos mantenedores de la teoría del PO podríamos calificarlos como ‘colaboracionistas’ -involuntarios, pero reales- en los brotes de misoginia de los que no se ha visto inmune la sociedad cristiana.
Pienso que no
hay dificultad en admitir que nuestra cultura occidental cristiana, y en cuanto
cristiana, ha marginado a la mujer notablemente menos que otras religiones y
culturas. Los motivos por los que los creyentes cristianos han infravalorado y
hasta marginado a la mujer podemos resumirlos en estos dos, unidos entre sí y
convergentes en impulsar comportamientos desfavorables al sexo femenino.
Obviamente, hablamos de motivaciones que tengan relación con la creencia en el
PO.
-Por Eva/la
mujer entró el pecado en el mundo: el PO, con toda la parafernalia de males que
nos angustian. Como en el mito de Pandora, el comportamiento de Eva desata
sobre el género humano todos los males.
-Sin atender a
otros valores superiores, la mujer era considerada, con excesiva frecuencia,
como estímulo máximo y perenne de la líbido, desenfrenada por el PO. Símbolo de
la sensualidad y de la sexualidad que llevaron la ruina a la humanidad.
En ambas
afirmaciones aparecen claras dos cosas: la relación de las mismas con la
creencia en el PO y la convicción de que el comportamiento y función de Eva es
paradigmático para hablar de las demás hijas de la primera madre.
La narración de
Gn 2-3 destaca el papel de Eva como iniciadora del pecado y ruina de la
humanidad. Si se hubiese mantenido la intención simbólica originaria, no habría
motivo para señalar aquí ninguna colateral tendencia hacia la misoginia y el
antifeminismo. Al menos no en el sentido hodierno de la palabra. Pero ya la
tradición bíblica tardía se abre a esta interpretación. “Por una mujer empezó la culpa y por una mujer morimos todos”,
(Si)Eccl. 25,24. El NT prosigue la individualización e historificación de la
Eva paradisíaca. “Adán fue formado
primero que Eva (es más excelente) y Adán no fue seducido, pero la mujer fue
seducida”, 1Tim 2,13-14. El autor de la carta aprovecha el caso para
asignar a la mujer un papel de inferioridad en la Comunidad cristiana.
Leyendo la
tradición teológica posterior, podría confeccionarse un grueso “florilegio” de
textos en los que la desvaloración y marginación social y religiosa de la mujer
es constante y constantemente apoyada en el hecho de haber sido ella la
introductora del PO, según la lectura historicista del Gn 2-3. Si bien esta
función siniestra se veía compensada por el hecho de que era Adán (el varón) el
más eficaz propagador del PO. Él transporta en su semilla la corrupción que
infecta a todo hombre que viene a este mundo. La ciencia de los antiguos
asignaba a la mujer un papel secundario, pasivo en la transmisión de la vida.
Lo cual ofrecía para las mujeres esta ventaja inesperada y de agradecer, que
les compensaba por la inferioridad e influjo siniestro que universalmente se
les atribuía. En los mencionados textos de la tradición teológica, y eclesial
en general, se percibe que ellos utilizaban las ideas de la filosofía pagana
les ofrecía sobre la mujer y su proclamada inferioridad. Mentalidad que podría
verse ejemplarizada en la famosa frase de Aristóteles, asumida por los teólogos
medievales: “la mujer es un varón frustrado = vir occasionatus”. Hay que reconocer que desde su teología,
deberían haber sido un poco más críticos con esta ideología pagana. Pero más
que errores/equivocaciones, debemos calificarlos de limitaciones epocales a las
que todo ser humano es deudor. A este misma limitación epocal se debe la
exégesis historicista y ontológica que se hacía de Gn 2-3. Ella les llevaba a
la teología de Adán y la concomitante desvaloración de la mujer que arrastraba
consigo.
Finalmente,
mencionemos, siquiera sea de paso, que tales enseñanzas de los teólogos venían
acompañadas de aplicaciones prácticas desagradables. Por ejemplo, dado que la
inferioridad de la mujer respecto del varón y los sufrimientos propios de sus
funciones femeninas son, en la actual historia de salvación, ‘un castigo divino por el PO’, resultaba
connatural concluir que, al estar sacralizados por la intervención divina, no
era lícito tratar de evadir estos castigos. Todo intento de evitar el dolor y
la inferioridad femenina podía ser interpretado como una secreta, o no tan
secreta rebeldía contra los planes de la Providencia.
6.Y POR EL PECADO, LA MUERTE, Rm 5,12
Si, en
perspectiva espiritual, la dura necesidad de pecar es la más fatídica
consecuencia del PO, en el orden físico toda la miseria humana se sintetiza en
“la certeza de tener que morir”, como dice la liturgia.
Parece ocioso
aducir testimonios sobre el hecho de que la Iglesia cristiana desde el
principio, durante siglos y hasta hoy mismo, ha creído y proclamado con
solemnidad que ‘la muerte corporal’
que sufren todos los humanos es castigo de Dios por motivo del PO. El concilio
de Cartago (a. 418), bajo la presencia e influencia del obispo de Hipona,
declaró solemne: “Si alguno dijere que el primer hombre Adán, fue formado
mortal, de suerte que tanto si pecaba como si no pecaba tenía que morir en el
cuerpo, es decir, que saldría del cuerpo no por castigo del pecado, sino por
necesidad de la naturaleza, sea anatema”, DS 222.
Es
históricamente seguro que los Padres de Cartago y Orange creían y mandaban
creer que la muerte corporal, la que cada día sufren los hombres, es castigo
divino por el pecado del protoparente, perpetuado en cada hombre. Los teólogos
y Padres de Trento, en el siglo XVI, nada habían avanzado en este tema, aunque
sean más sobrios al hablar. Sin embargo, me parece que, ‘a nivel de la ciencia teológica’, podría tacharse de pérdida de
tiempo el detenerse en refutar semejante afirmación. [Los neoescolásticos, tan
cuidadosos de las calificaciones teológicas, a esta proposición “Adán, antes
del pecado, estaba dotado de inmortalidad” le concedían la categoría de verdad
“de fe divina y católica definida”. Es decir, la máxima seguridad dogmática.
J.M. Dalmau – J. F. Sagües; Sacrae
Theologiae Summa, t.II, Madrid,
BAC, 1955, pp. 820. ¿Será posible mantener hoy día esta altísima calificación
teológica?]. A nivel pastoral y de comunicación del Mensaje cristiano para el
hombre actual, decirle que la muerte corporal le ocurre como castigo divino por
el pecado del primer “homo sapiens”, recién emergido de la animalidad, sería
exponer el mensaje a la irrisión de los oyentes. Todo el saber humano que los
hombres de comienzos del siglo XXI pueden manejar, está frontalmente en contra
de semejante etiología de la necesidad y dolor de la muerte. Y, lo que es más
grave, y directamente ofensivo para nuestra fe, tal explicación pone en
entredicho la bondad de Dios para con el género humano. Por otra parte,
aceptemos la hipótesis de que la inicial humanidad gozase de la inmortalidad
corporal. El que un organismo animal viviendo en el planeta tierra, evite la
disolución orgánica no podría lograrse sino recurriendo a un régimen de vida
extraordinario, inimaginable para nosotros, Es decir, a una auténtica ‘milagrería’ que haría dudar en serio de
la sabiduría y previsión del Creador y Gobernador del universo.
Dado que la
explicación ‘tradicional’ sobre el origen de la muerte y la que se ofrece en la
actualidad, parecen irreconciliables, se hace inevitable el ¡retorno a las fuentes! Sabido es que la
opinión tradicional dice beber la noticia en Rm 5,12… “y por el pecado entró la muerte en el mundo”. Examinemos este
texto.
Contra la
propuesta ‘tradicional’ existe una dificultad básica, del todo insoluble: se
apoya su afirmación de la que hemos venido llamando la “teología de Adán”. Y
este misma es una exégesis historicista, ontologizante de Gn 2-3 y de Rm
5,12-21. Dentro de esta desacertada exégesis, se enmarca la exégesis, también
desacertada, que durante siglos se ha realizado sobre el dicho paulino, “y por el pecado la muerte” …
No cabe decir
que Pablo, en esta frase, hable de la muerte teologal/espiritual ‘y no’ de la muerte biológica/corporal.
Tiene ante la vista el fenómeno global de la muerte tal como la hemos de
soportar los humanos: la dimensión teológica y también su dimensión biológica.
Y, manteniendo ésta en su ser y poder, realiza sobre ella una transfiguración y
transfinalización teológica. Mira la muerte corporal como evento teológico:
desde Dios y hacia Dios. Algo que le acontece al hombre ante Dios. Es decir, en
cuanto la muerte afecta decisivamente a las relaciones del hombre con Dios. Y
así, desvela que el hombre, el que se ha entregado voluntariamente al poder de
El Pecado, al ocurrir la muerte corporal, se encuentra ante Dios en muerte
eterna. Por eso, se dice que la muerte, en este texto paulino, es presentada
como signo, símbolo, sacramento de El Pecado (sacramentum peccati), ya que desvela su presencia en el que muere
esclavo de él. Por tanto, así como cada uno, según Pablo, es pecador por su
pecado personal (aunque El Pecado le incite a pecar), también entra en la
muerte espiritual y eterna por su pecado personal, no por fatalidad del
destino. O por fatalidad que le haya sido impuesta por mor del lejano pecado
del lejano Adán.
El poder
mortífero de El Pecado (y del pecar personal) se aclara desde su contrario:
pensando en el poder vivificador que el Espíritu ejerce en el que se muere en
Cristo. Para éste, la muerte corporal se torna signo, símbolo, sacramento de la
Vida que lleva dentro. Se torna en ‘conmorir’
con Cristo, el cual muere para pasar de este mundo al Padre, para entrar en la
resurrección plena, escatológica. Lo mismo le acontece al hombre que convive
con Cristo y ‘conmuere’ con él.
El Dios que nos
dio la vida nos ha dado también la muerte. Pero no como castigo positivo,
sobreañadido y sobrevenido por nuestros pecados, sino mediante las leyes
naturales grabadas por el Creador bueno en la estructura de cada organismo
viviente. Que, salvo milagro en contra, es, por necesidad física, perecedero,
caduco, corruptible, desintegrable, pasto de la muerte.
«Inmersos en la polémica
del momento, los padres del concilio de Cartago y de Trento y los que siguieron
su enseñanza no ejercieron ninguna tarea crítica sobre las fuentes. Por otra
parte, no debemos ser exigentes con ellos. Hasta bien entrada la modernidad no
surge en nuestra cultura occidental el pensamiento crítico. Ni respecto a la
lectura de la Biblia ni respecto a cualquier otro texto o monumento cultural de
siglos pasados. La verdadera fuente para afirmar que el primer hombre, el
hombre del paraíso, poseía el privilegio de la inmortalidad y que en un segundo
momento lo habría perdido por su culpa, hay que buscarla en la memoria y
psicología profunda de la colectividad humana, creadora de mitos».
Existe en el ser humano un deseo, anhelo, “gana” de inmortalidad. Este deseo connatural, indestructible ha sido expresado en varios mitos que hablan de la edad de oro, del paraíso inicial de la tribu/humanidad. Dentro de la felicidad que les parecía connatural en los divinales, prestigiosos inicios, se atribuye a los hombres primeros la inmunidad de la muerte, la inmortalidad. La narración mitológico/simbólica del Gn 2-3, en la medida en que tocaría el tema de la exención de la muerte, hay que clasificarla también, en cuanto a su tenor y redacción literaria, dentro de estos mitos de los orígenes. Dentro de esta expresión mitológica y parabólica, la exégesis moderna ha descubierto que el “paraíso” donde reina la amistad y familiaridad de Dios con el hombre, y donde, por consiguiente, goza éste de la inmortalidad, no está en el inicio real de la historia de salvación, sino al final. La inmortalidad integral es un don escatológico, no protológico. Está puesto por Dios delante de nosotros: en el paraíso celestial. En la tierra, el hombre puede anhelarlo en la medida en que la vida eterna, según san Juan, está ya presente en nuestra existencia, anticipada por la práctica de la caridad fraterna.
7.EL PECADO ORIGINAL Y LAS OTRAS LÍBIDOS HUMANAS
Los diversos
impulsos pasionales que combaten la vida espiritual, nuestros autores ascéticos
los agrupan en torno a ‘la irascible y la
concupiscible’. Según hemos señalado y es sabido, la teología clásica era
interminable hablando de los estragos, des-enfreno, corrupción que el PO habría
ocasionado en la concupiscible, en la líbido sexual. Pero ya sabemos que san
Agustín, y la tradición posterior, conocían otras líbidos. Podemos verlas
cifradas en la figura de la ‘irascible’: el instinto de dominar, la
agresividad, la violencia desenfrenada. Seguro que los antiguos defensores del
PO suponían que la irascible también habría sido corrompida. Sin embargo, nunca
parece que hayan pensado que el PO podría estar en el origen y hasta consistir
en el ‘desenfreno de la irascible’ y
no de la concupiscible.
Al fijarse en
la líbido sexual como socia inseparable, elemento esencial del PO, los
defensores de esta doctrina no sabían ni podían romper el lazo umbilical que
les une con el seno materno de dicha creencia: los primigenios tabúes sexuales,
la mancha fisiológica (elevada luego a mancha ritual y a mancha moral) que
acompaña el ejercicio de la sexualidad, también en sus formas más nobles: la
paternidad y la maternidad. La ‘grandiosa’
teoría del PO no reconocería de buen grado estos humildes, oscuros inicios. Los
teólogos antiguos los ignoraban, no tenían conciencia de ellos. Pero el peso de
tales inicios operaba, sin duda, desde el inconsciente y subconsciente
colectivo, desde la cultura ambiente en que estaban inmersos. Por lo demás, la
teología del PO no podía menos de dar importancia primordial a la generación
como medio de transmisión del pecado del protoparente. Los antiguos no lo
dijeron, y nosotros no podemos imaginar, cómo el ejercicio de la irascible
podía ser medio transmisor del PO por miles de generaciones. Y un PO que no sea
transmitido por generación ya no es tal PO, según los antiguos.
Si ahora ponemos el tema del PO en relación con la irascible: violencia, envidia, afán de dominar, cainismo, es para recoger un poco la idea que han puesto en circulación algunos teólogos actuales. Seriamente críticos con la enseñanza tradicional -agustiniana, escolástica, tridentina- sobre el PO, han recurrido a otras figuras que completen, reestructuren y hasta puedan evitar el seguir hablando de la enseñanza tradicional. Hemos mencionado el pecado del mundo, el pecado social, el pecado estructural.
Los defensores
más conspicuos del pecado del mundo son P. Schoonenberg y el Catecismo Holandés. El pecado del mundo,
el conjunto de los pecados que en la historia han cometido los hombres, lo
presentan culminando en la Cruz: “El
pecado del mundo alcanzó su punto culminante en la crucifixión de Cristo”.
Afirmación que habría que entender no fijándose en evento histórico, empírico
de la crucifixión de Jesús por parte de los hombres, sino en su sentido
simbólico/teológico.
Respecto a la
relación entre la recién venida figura del pecado del mundo y el viejo PO ya
hemos hablado anteriormente.
La crucifixión
de Jesús, su asesinato por sus hermanos los hombres, puede presentarse como el
pecado paradigmático, ‘originario’, cifra y símbolo de todo pecar humano. En
modo alguno podría decirse que el asesinato de Jesús sea un gran pecado
“originante” que habría desencadenado la aparición de todos los pecados
humanos. Al contrario, el crimen de la crucifixión de Jesús, mediante un
impulso dialéctico dirigido por Dios, lo que desencadenó fue la sobreabundancia
de la Gracia de Dios sobre los pecadores. El PO “originado” afectaba/era propio
de cada hombre tomados uno a uno y en forma real, no meramente simbólica. Como
digo, la crucifixión/asesinato de Jesús, tiene carácter de pecado “prototípico,
paradigmático-emblemático”: simboliza el máximo de los pecados humanos: el
asesinato del hermano. Con esto queremos señalar que, en referencia a la
violencia, ‘la irascible’ puede
constituir el ‘pecado originario’ de la humanidad, con tanto o mayor motivo que
el viejo PO, a quien presentan como inseparable de la concupiscible
(concupiscencia). La irascible puede aspirar a compartir este oscuro privilegio
con la concupiscible.
Génesis 2-7
describe la aparición temprana del pecado en la especie humana. En cuadros
sinópticos se ofrecen tres tipos de pecados que cifrarán en sí las formas más
comunes del pecar humano: el pecado de Adán, el pecado de Caín, el pecado de
los prediluvianos. El relato termina hablando de la Alianza salvadora de Yhwh
con la nueva humanidad surgida de la purificación del diluvio. Nos interesa
fijar la atención en este pecado prototípico, paradigmático: el asesinato del
hermano por Caín. Siguiendo esta línea de violencia, es como puede decirse que
la crucifixión de Jesús de Nazaret, el Hermano mayor, el Primogénito entre los
hermanos, es el pecado por excelencia, pecado que cada uno reitera cuando hace
violencia a los hermanos. De aquí deducimos esta doble conclusión:
-que el grande,
inconmensurable pecado cometido por la humanidad no habría tenido lugar en el
jardín del Edén. Tuvo lugar, simbólicamente en el Calvario;
-que el máximo
pecado, arquetipo de todo pecado, no se cometió ni es calificable como
desobediencia directa, vertical, dirigida hacia Dios, sino dirigida hacia el
Altísimo, sin duda, pero mediante la muerte dada al Hombre Jesús, Imagen de
Dios y Primogénito de los hijos de Dios.
-El tradicional
PO (originante y originado) se cometió, según explicaban, y se perpetúa a
impulsos de la concupiscencia, por mediación de la mujer Eva, símbolo de la
sensualidad y hasta de la sexualidad y bajo el impulso de la líbido sexual de
Adán, el varón. Este pecado emblemático, el asesinato de Jesús, el Hermano
mayor de la humanidad (y su antitipo, el asesinato de Caín) se comete a impulso
de la irascible, de los instintos de agresividad desbordados. Pero ya se ve que
no es posible afirmar que los impulsos a la violencia desbordada que sufrimos e
inferimos los humanos se transmita por un proceso de generación biológica,
homologable a la generación que transmitiría el PO. Nunca pensó en ello la
antigua teología.
Terminamos,
pues, esta reflexión con la convicción de que la “gran miseria” que abruma a la
humanidad, nominalmente la miseria de la muerte, no puede ser presentada como
un castigo de Dios por el PO (originante y originado). En los albores del siglo
XXI, el seguir manteniendo esta “etiología” o explicación sobre el origen de
nuestra miseria carece de cualquier fundamento en la Palabra de Dios. Y a nivel
de comunicación del Mensaje, a nivel pastoral, es exponerle a la irrisión de
los increyentes y, sobre todo, de los creyentes. Quienes, según san
Buenaventura, estamos obligados a pensar de Dios “altísima y piadosamente”. Al
lado de este motivo teológico y hasta teologal, ponemos una motivación de
profundo humanismo cristiano: no es aceptable que el hombre, ‘noble imagen de Dios’ sea castigado con
tanta miseria sin culpa personal ninguna. En este momento, cada hombre
cristiano evocaría las palabras del poeta: “apurar
cielos pretendo/ ya que me tratáis así/ qué delito cometí/ contra vosotros
naciendo… dejando a una parte cielos/ el delito de nacer/ ¿qué más os puede
ofender/ para castigarme así?” (Calderón de la Barca). O bien se le vendrá
a la mente la citada frase de Julián de Eclana, quien al llegar a este momento
de la teoría del PO, la calificaba de auténtica barbaridad = ‘probata barbaries’, monstruoso invento
= ‘prodigiale commentum’. Digamos,
con sencillez, que tal explicación de la miseria humana -nominalmente de la
muerte- como castigo por el PO es del todo inadmisible, deshonra al Dios
castigador y al hombre castigado.
“Ninguna
religión, dice Pascal, excepto la nuestra, ha enseñado que el hombre nace en
pecado; ninguna secta de filósofos lo ha dicho; ninguna, por lo tanto, ha dicho
la verdad”. Esta afirmación tan grávida de
contenido y revestida de la solemnidad de un apotegma, conviene encuadrarla
dentro del contexto general de todo el cristianismo de su autor. La doctrina
del PO es una de las bases firmes del pensar y del vivir del gran genio y gran
creyente que fue Pascal. Su crítica de la filosofía y su apología de la
revelación; su figura de Cristo a todas luces hamartiocéntrica en su misión
salvadora; su antropología centrada en la reflexión y vivencia de la “miseria”
humana; su religiosidad indudable está impregnada del sentimiento de culpa
proveniente del hecho del PO. Se ha podido hablar de ella por alguno de sus
admiradores como de ‘la religión triste
de Pascal’ (L. Kolakowski). Sin embargo, con el debido respeto a un hombre
genial y profundamente religioso, me permito expresar mi disconformidad radical
con el citado texto pascaliano. Cuando el Cristianismo ‘occidental’ ha dicho a los hombres que nacen en PO, no les ha
dicho la verdad sobre lo que el hombre es ante Dios. La verdad es que,
como he venido exponiendo, el hombre no nace en pecado, sea ‘original’ u otro:
nace en amistad de Dios, acogido a la Gracia que lo eleva de su ser creatural y
le confiere un nuevo ser en Cristo. La enseñanza sobre el PO, lejos de
ser un motivo de ‘gloria’ y excelencia sobre las demás filosofías y religiones,
debería buscar la forma de defenderse ante la humanidad por el hecho de haber
proclamado durante siglos, en forma infatigable y solemne, que el hombre nace
en PO. En vez de decir la verdad: que nace como hijo de Dios en Cristo,
en el paraíso y en la casa del Padre. En ese punto, la verdadera
excelencia del Cristianismo sobre las demás religiones y filosofías debe
fijarse en que, al dirigirse al hombre, sólo esta religión puede darle la
Buena-Nueva de que inicia su existencia en la tierra acogido-ya a la amistad con
Dios, elevado-ya a la dignidad de hijo de Dios transformado su ser natural en
nuevo ser en Cristo. Y las demás filosofías y religiones nada saben de este
grato mensaje.
Fray
Alejandro Villalmonte, OFM Cap.
Salamanca

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